WEERASETHAKUL Apichatpong (1970-_)

Loong Boonmee raleuk chat (Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas) (2010: 2.0)

Dice el realizador tailandés Weerasethakul que cree en “la transmigración de las almas entre seres humanos, plantas, animales y espíritus” (hoja informativa de los cines Renoir).

Si esto lo afirmase el vecino del tercero, nuestro primo universitario o el tendero de la esquina, muchos pensaríamos que nos jugamos los cuartos con un auténtico majadero. E intentaríamos evitar, a toda costa, a una persona así , incluso cambiándonos de acera si vemos que el tipo en cuestión se nos acerca con ganas de darnos la chapa.

Sin embargo, como esta religiosa declaración de principios la emite, solemne y grave como un cirio, un (relativamente) joven director de cine llamado Apichatpong Weerasethakul, que proviene de una cultura tan desconocida y ajena a la nuestra como es la tailandesa, muchos se sienten obligados a quedarse flipados, santiguarse o decir amén. Sobre todo algunos ortodoxos críticos de la Academia, para quienes “lo exótico” es el primer criterio de juicio, estilo y preferencia.

Y miren que es curioso: al mismo tiempo que estos académicos abominan del exotismo y del cine no canónico hecho para ojos hollywoodienses (pongamos que de Kim Ki-Duk o Slumdog Millionaire), babean sin matices ante el cine estático, contemplativo y misticoide de este tailandés. Un tipo que, en el fondo, seguro que no se cree la suerte que está teniendo por el halagador trato recibido lejos de su tierra natal: ¡Ay, Apichatpong, cómo se la estás dando con queso a estos modernos frikis espirituales, lectores del Dalai Lama y sensibles como plumas! Acaso piense algo así, el hombre.

Por lo que a mí respecta, Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas es un alegato pro-Orfidal. Un tributo a la anestesia colectiva.

Ay, la trama, la trama... Lo mismo vemos a unos curiosos monos de ojos rojos semi-escondidos entre la maleza que asistimos a una vibrante escena en la que un monje (acaso budista) se desnuda y se ducha ante nuestros aturdidos ojos… Y mientras él se lava, una señora y un chico yacen sobre una cama y miran, aburridos, la televisión. ¡Fascinante acontecimiento, sí señor! Si esa escena nos la proponen Garci, Vigalondo, Guerín o Bollaín, diremos que les ha dado un ataque de piojoso narcisismo esteticista.

Pero como nos la ofrece el lejano Apichatpong, el resultado es un artístico delirium tremens, vaya; como es obra y gracia, en fin, del genial tailandés, entonces los espectadores más despistados o frágiles y los críticos más plegados a la originalidad pasiva, oxigenada e infatuada de sí misma se deshacen en elogios hasta casi perder un mero sentido del decoro. Y me refiero a esa ensimismada crítica “a la última”, que lo cuida como a un niño mimado. Esa crítica, sí: la que desprecia a los veteranos Woody Allen y Scorsese (o a Chabrol, mientras estuvo vivo), y para la que Ming-Liang, Hsiao-Hsien o El nuevo mundo (Malick) son mejores que Cronenberg, Haneke o Gomorra.

Parece ser, incluso, que un crítico llamado Peranson (lo leo en el número de diciembre de 2010 de Cahiers du cinéma España) ha señalado que la película del tailandés es mejor que La dolce vita, Apocalypse Now y Kagemusha. Y que incluso podría ser la mejor de la historia del cine... En fin, como se dice en inglés: “anything goes!” Vale todo. Pero el tiempo pondrá a cada cual en su sitio. Mi hipótesis es que dentro de un decenio (o acaso antes) algunos no reconocerán sus propios gustos, prosas y juicios cuando echen la vista atrás, lo mismo que ahora hay críticos que leen lo que escribían hace cuarenta años sobre Glauber Rocha o Giuliano Montaldo y alucinan en colores.

Por mi parte, no volvería a ver esta película ni aunque me pagase la entrada mi mejor amigo. Ni aunque me invitase a cenar después. Es tan frustrante observar un cine sin emoción ni pensamiento fuerte, sin subversión ni sano suspense, sin ironía ni liberador humor.

¿Qué he visto yo? Un puñado de simios y fantasmas. Amplias casas bien aireadas abiertas hacia la naturaleza gracias a grandes ventanales: oímos el murmullo del agua, los grillos y otros bichitos; el lado sensorial del asunto, supongo, pero tampoco para tirar cohetes. Al menos en la ingenua Avatar había alegría, aventura y riesgo. 

¿Y qué más vemos? Gentes que parecen aletargadas durante todo el metraje, a las que les resulta inviable mantenerse en pie: las vemos invariablemente tumbadas o sentadas y con rostros enfermizos, hablando de cursilerías y supersticiones. ¿Y la naturaleza? Árboles, musgos, cascadas, arbustos, animales, lagos; además, una chica tiene una especie de orgasmo en el agua como consecuencia de la interacción sexual con un pez, si no recuerdo mal. Cada cual, incluso en el mundo de las metáforas, tiene sus gustos.

En fin, asistimos a un lento carrusel de cositas curiosas, simbólicas (en la línea para mí indigesta del pintor francés Rousseau) y petulantes, perfectas para desafiar la paciencia del cinéfilo occidental cansado ya del típico colorido de Almódovar, el marxismo de Loach, la insistente virilidad de Clint Eastwood o los pretenciosos collages de Godard. “¡El tailandés, el tailandés!”, oigo exclamar. “¡Ese sí que es “the real thing”! Y el eco de tales conversaciones imaginadas llega hasta mis oídos como truenos de torpe elitismo cosmopolita.

Para terminar, sin esconderme, añadiré que Uncle Boonmee es una de las peores películas que he visto jamás. Sin duda. Así que asumo que soy yo el que ando “out of tune”, es decir, pasado de moda o, en todo caso, a contrapié de lo que se lleva en los cenáculos universitarios y en su pesada y burocrática cultura audiovisual. No imagino peor pesadilla que ser encerrado en una habitación, encadenado como el chico de Saw, y tener que sufrir esta película de nuevo, con mis párpados abiertos a la fuerza (La naranja mecánica), absorto ante las tediosas aventuras de estos tailandeses que, según Apichatpong, se pasan la vida anestesiados, silenciosos y espantando moscas.

En resumen, la narración audiovisual de Apichatpong no me/ nos conduce a ningún sitio, pero ése no es su problema capital: el horror es que, en el camino, en ese viaje a ninguna parte, tampoco hay a dónde agarrarse (idea o emoción) y, en cambio, hemos de aguantar un presuntuoso catálogo de relajantes elementos sonoros y visuales estampitas. Lo peor, en resumen, es que Uncle Boonmee es un extenso masaje que, en vez de relajarme, ha logrado provocarme picores por todo el cuerpo.

Epílogo levemente Hot. Lo único positivo de todo este asunto, al menos en lo que a mí respecta, es que tuve la fortuna de estar bien acompañado mientras veía la película: durante las dos horas de radical y tailandés manifiesto pro-Trankimazin, ella y yo nos las arreglamos para (a la vez que mirábamos la pantalla, y cada cinco o diez minutos) meternos mano sutilmente y con mesura, sin acordarnos de vidas pasadas, y en ese plan.