KUBRICK Stanley (1928-1999)

A Clockwork Orange (La naranja mecánica) (1971: 8.0)

Hace decenios teníamos más claro lo que era la censura. Por ejemplo:

Abundaron los chistes, en la España del tardofranquismo, sobre cuándo se estrenaría la escandalosa sátira social llamada A Clockwork Orange. Los ecos de su contenido ultra-violento llegaban aquí amortiguados pero, por eso mismo, eran más devastadores. Como la mantequilla de El último tango: la imaginación se disparaba y los españoles de entonces se acercaban a la frontera francesa para ver “la última” de Kubrick, uno de los más grandes y polémicos directores del firmamento fílmico. En una de esas viñetas (acaso de Perich) un tipo declaraba haber oído que, finalmente, se iba a estrenar La naranja mecánica. A lo que su amigo reponía (escribo de memoria): “Sí, pero seguro que antes le han quitado el zumo”. Ah, la naranja exprimida: no quiero ser cínico pero, en aquellos años, la certeza de la existencia de prácticas censorias era, al menos, un síntoma de la confianza en el sistema. Las pobres naranjas se exprimían y punto.

¿Cuál era el jugo de esa naranja kubrickiana, por cierto?

Los censores, a su manera, tenían razón: gélida y extrema ultra-violencia, cínicas violaciones, hiriente sarcasmo y grandiosa música de Beethoven. Era un jugo amargo y, al mismo tiempo, bonito y dulce: estéticamente dulce. La naranja mecánica embellecía la violencia a ritmo de armonías clásicas, elegante simetría compositiva y decoración vanguardista.

Alex (Malcolm McDowell) y sus “droogs” se dedicaban a hacer lo que les venía en gana (como hoy día hacen los más irresponsables apologetas del gamberrismo, la piratería o el botellón: mejor leer el artículo de R. Argullol llamado "El ruido y la furia", El País, octubre de 2010): intoxicarse con bebidas en pubs art-déco, hacer el idiota porque sí, buscar bronca con otras tribus urbanas, violar en grupo a chicas indefensas y, en especial, pegar crueles y humillantes palizas a ciudadanos anónimos, incluyendo mendigos. Eran unos hooligans, sin duda. Carne de nazismo. Pero eran, a la vez, nenes y acontecimientos embellecidos por Kubrick hasta extremos nunca antes explorados. Ese ruido y esa furia eran preciosos, dignos de ser admirados.

Así, la reflexión moral o política sobre los temas de la película quedó, en su momento, algo tapada, y acaso siga distorsionada en la actualidad por culpa de la fuerza atractiva y arrasadora de imágenes tan enérgicas y armoniosas (a veces en tempo normal, otras a cámara rápida, otras a cámara lenta). A Clockwork Orange es una de las películas más famosas, icónicas y prestigiosas de la historia: pero acaso sea de las más dañinas desde el punto de vista de su ascendencia artística sobre el cine que vendría después: y sobre sus espectadores. Porque Kubrick demostró que el Mal era relativo y, una vez maquillado, tenía opciones de pasar por bello, dulce e irresistible. Demostró que las rivalidades políticas podían ser tan nefastas como la agresividad de estos insaciables adolescentes. Probó que el Estado tenía tantas opciones de errar en su análisis, sus castigos y su discurso como los propios ciudadanos.

Y está el tema posiblemente principal, etiquetado por el filósofo José Luis Pardo, en un artículo de hace unos meses en El País (“Extraños frutos del tiempo”, octubre de 2010, a propósito de la reposición del film de Kubrick en salas comerciales), como “la invención de la adolescencia” y, en relación a la misma, “la adopción de la violencia como seña de identidad”, “como fin en sí misma”. Los adolescentes se convierten en protagonistas sarcásticos, fríos y despiadados y, frente a ellos, el gobierno y sus enemigos (y cabe deducir que el Mercado) luchan por sus favores, intereses e idolatría. Por un lado, hay que mantener al bruto rebelde apartado de la sociedad. Pero por otro, hay que curarlo y utilizarlo, arrancando el mal de raíz: forzando al antihéroe a perder su capacidad de elección para, así, obligarle a optar obligatoriamente por el Bien. Un Bien caracterizado por la ausencia de instintos e, incluso, por el dolor ante el surgimiento de los mismos, un dolor que hay que reprimir. Los impulsos de violencia y sexo unidos por Burgess (autor de la novela) y Kubrick como cara y cruz de una misma moneda.

Todo ello da cuenta, en suma, de una película que, como apunta Pardo al final de su artículo, posee un aura tan seductora como repulsiva. Seductora por la maestría del obsesivo, milimétrico y genial Kubrick, capaz de medir cada plano y secuencia (la escena no es su unidad favorita) para que resulten perfectos, inmejorables, bellos. Seductora por el debate que propone en torno a las maneras de combatir los desmanes juveniles y el crimen en general. Seductora por lo profético (e influyente) de su mensaje: las autoridades (como escribe Pardo) luchan por tener al joven contento, en tanto que futuro votante y ciudadano, en tanto que consumidor compulsivo. Y el joven halagado e ingenuo, por su parte, se aprovecha de las ventajas de los tratos de favor pero se muestra ciego ante las consecuencias morales de sus actos y frente a las corrupciones políticas a su alrededor.

Hablamos, también, de una Naranja repulsiva, por lo que tuvo de aureola legendaria y casi obscena a partir de la mitificación de la violencia (gratuita); halo que aún conserva en el siglo XXI, si bien es cierto que algo menguado (los radicales defensores de la no-censura ya se ocupan de realizar barbaridades más bárbaras, ¡y que no les censuren!). Curiosamente, hoy día, abundantes “droogs” del ciberespacio se escandalizan (¡censura!) cuando se estrena, pero con cortes, una película que supone un tributo a la tortura, pero no protestan por el retraso o la invisibilidad de multitud de cineastas y obras desconocidos para casi todos: títulos y autores que no se censuran explícitamente porque ni siquiera sabemos que existen. La censura del Mercado, hoy día, no se suele ver como censura sino como la ley de la gravedad, esa "tozuda realidad". El Mercado, vaya entelequia, es otra hermosa e indiscutible divinidad: tan seductora como repulsiva.