McDONAGH Martin (1970-_)

In Bruges (Escondidos en Brujas) (2008: 9.0)

Podríamos aventurar la siguiente hipótesis: hay dos maneras, hoy día, de versionar el hechizante Viaggio in Italia de papá Rossellini. Una sería la humanista, pausada y contemplativa, pongamos que la Copia certificada de Kiarostami.

La otra, por qué no, Escondidos en Brujas. En esta imponente película, la monumental arquitectura y escultura de la ciudad belga se alterna con la cocaína y el crimen, la prostitución y el lenguaje soez, las borracheras y los ajustes de cuentas, el suicidio, la violencia extrema y el complejo de culpa. El suspense “in crescendo” es de lo mejor que recuerdo últimamente; y su misterio es tan genuino como los motivos (el honor y la ética) de sus atormentados personajes.

No obstante, el nombre de Kiarostami (esto es evidente) abulta más que el del británico McDonagh. La obra del iraní es limpia, inteligente, diáfana y ambigua, por momentos una reflexión fascinante. ¿Pero qué hay de malo en admitir que me lo he pasado “aún” mejor viendo In Bruges, obra del desconocido McDonagh?

No hay nada malo, sospecho: porque la película ha de estar por encima de su autor. Porque, en suma, uno puede llenarse la boca con refitoleros epítetos en torno a Weerasethakul, Warhol o Parajanov pero luego (ay, ay) toca el plato más indigesto: ver sus películas y, si se puede, disfrutarlas. ¿10 warholianas horas ante un edificio…? Para irrelevantes (y hasta dañinas) vanguardias como esa, me quedo con cualquier Pedro Lazaga, la verdad.

Película masculina, ácida, durísima, sarcástica y extrañamente poética, Escondidos en Brujas nace como un elegante, ambiguo y demorado “thriller” del estilo del escritor Ian McEwan (imposible no acordarse de The Comfort of Strangers: también en su versión cinematográfica). Dos irlandeses en la ciudad belga de Brujas, no sabemos muy bien por qué, esperando la llamada de un tipo al que parecen respetar y temer, que acaso sea su jefe. Aquí la trama está más cerca de Samuel Beckett y Harold Pinter que de Humphrey Bogart. Y de hecho, en el apogeo del film, lo cierto es que Godot sí llega. Y corre la sangre.

La narración de McDonagh es llamativamente precisa, y Brujas está fotografiada de manera espléndida, pese a que, para el personaje interpretado por Colin Farrell (un “guiri” torturado cuyo único interés es beber cerveza y volver, cuanto antes, a la “civilización” anglosajona), tal ciudad se trate de un “shithole”, literalmente un “agujero de mierda”. Esa Brujas medieval, apacible y “de cuento de hadas” (como se dice en el film) se mezcla de forma impecable con otra irreal, imprevisible y de género negro, en la que los enanos, los gángsteres y los mafiosos rusos, una corajuda dueña de hotel y la muy imperfecta chica de nuestros sueños conviven (en el espacio y en el tiempo) de manera irónica y armónica, como en una pesadilla tragicómica. Un Shakespeare familiarizado con Pulp Fiction.

Interpretada de manera magistral por el propio Farrell, el extraordinario Brendan Gleeson (maravillosas sus escenas de guía turístico ante su joven compañero) y un gélido y, como siempre, excelente Ralph Fiennes (un “malo” de película, como solía decirse), Escondidos en Brujas es una sorpresa no ya agradable sino colosal. Una tragedia arrebatadora y contemporánea de hombres luchando contra un destino que no se deja derrotar.

Admitiré, gozosamente, que no elegí ver esta película “porque sí” (escribo desde finales de 2010). Recuerdo un artículo, publicado hace varios meses en El País, del gran V. Molina Foix (que a su vez citaba la crítica de J. Costa), en el que, no me acuerdo en qué términos, el autor alababa una película que, por cierto, pasó sin pena ni gloria por la cartelera española. Malos tiempos, vaya, para las películas que poseen mucho más encanto, altura y distinción de lo que, torpemente, presagia su carátula y línea comercial; malos tiempos, añado, para aquellas obras más bien pequeñas y sin merchandising que llegan a las salas comerciales sin el prestigio de los premios ni del todopoderoso nombre (del director, se entiende) colocado encima del título. Lo importante (habrá que repetirlo tantas veces como sea preciso) no es el director sino la película.

Este Viaggio in Brujas es mejor que la mayor parte de las películas de los hermanos Coen, sin ir más lejos. Sólo hace falta que tipos frescos, despiertos y sin ganas de ser engañados (como Costa y Molina Foix) nos pongan en la pista adecuada, para que así logremos ser Alicias persiguiendo a intrépidos conejos hacia el impredecible País de las Maravillas Cinematográficas.