SAURA Carlos (1932-_)

La caza (La caza) (1965: 9.5)

LA CAZA, ENERO DE 2011

Vuelvo, doce o catorce años después, a La caza, una de las muchas películas que me descubrió el programa televisivo ¡Qué grande es el cine! (en este caso, ¡Qué grande es el cine español!).

84 minutos de mala baba y simbolismo, intensidad irrespirable y personajes que se torturan a sí mismos (esos monólogos interiores) y a los demás (“¡Tú cállate!”), irritados de principio a fin.

84 minutos de hombres, con la excepción de la pre-adolescente, la hija del cojo (ambos parecen salidos de una novela de Delibes), que, animada por un Emilio Gutiérrez Caba que no oculta su atracción por la nena, baila un rock: un momento de rural Nouvelle Vague.

84 minutos de cuatro señores (españoles, agresivos, acomplejados, atormentados) al borde de un ataque de nervios. Imposible no pensar en la literatura de Ignacio Aldecoa, Con el viento solano. El calor aprieta. La tierra es seca. Las rivalidades afloran. Los conejos corren. El malestar se acentúa. La amistad es un cuento chino. Hombres en guerra consigo mismos y con los demás. Hombres a la caza de animales de cuatro patas y, si se tercia, también de dos. El juvenil Gutiérrez Caba saldrá corriendo, en la última, congelada e inolvidable imagen de esta película, huyendo de los adultos y de la muerte y de la miseria y del odio y del pasado y de las armas y de aquella España.

84 minutos de cine simbolista, irrespirable y experimental: la cámara paseándose por el cuerpo entero de Alfredo Mayo; el maniquí como diana y luego ardiendo; el Apocalipsis de José María Prada (nuestro Donald Pleasence); el esqueleto en la cueva de Ismael Merlo; los hurones en la habitación de la pobre vieja; esos primerísimos planos; ese sudor invasor; esos rictus atravesados y a la defensiva; esa brutalidad verbal y no verbal permanente; esos fantasmas del pasado; ese escarabajo ensartado; ese todoterreno dando tumbos; esa matanza del cerdo en el pueblo.

EPÍLOGO CINEMATOGRÁFICO

I. La caza: como si Buñuel y Peckinpah (o Robert Aldrich) hubiesen dirigido, a dos manos, esta irrepetible película.

II. En cierta forma, Balada triste de trompeta (2010), con otro tono y ritmo y estética, podría considerarse (en su violencia perpetua, su autodestrucción y sus hombres enfrentados, sobre todo) una especie de carnavalesco “remake” de La caza. Con Carolina Bang, eso sí; y sin conejos.

III. ¿Lo más opuesto a esta cinta? No sé, acaso El hombre tranquilo. Porque ni Merlo ni Mayo ni Prada (ni siquiera Gutiérrez Caba) disfrutan en ningún momento de su día de campo.

IV. ¿Una película que nos viene a la mente? Pues Deliverance (Boorman), otra tremebunda historia de cazadores cazados.

V. Juro que, en dos o tres planos muy generales (el cojo o su hija descendiendo o subiendo al monte), he pensado en Kiarostami, por ejemplo A través de los olivos.

EPÍLOGO TRANQUILO

Una pena que, en aquellos tiempos, aún no se hubieran publicado y traducido (G. Rovira) los Sabios consejos para mantener la calma (escritos por Paul Wilson, el “gurú de la calma”). Recomendaciones como “Deshazte del pasado”, “Bebe menta”, “Elige bien tus compañías”, “Baila hasta caerte al suelo”, “Huele las flores”, “Aprende a parar”, “Pasea por placer” y, sobre todo, “Aprende a retirarte en el momento oportuno” habrían sido útiles para estos cuatro cazadores. Pero estos hombres no estaban para bromas ni cursilerías ni pensamientos débiles.