ACHACHE Mona (1981-_)

Le hérisson (El erizo) (2009: 8.5)

Premisa 1. El narrador de la novela breve El corrector (Ricardo Menéndez Salmón) apunta en el capítulo IV:

 

La verdadera maldición de la vida no es el trabajo, ni el sinsentido de la existencia, ni siquiera el dolor o la enfermedad: la verdadera maldición de la vida es el tedio.

 

Más adelante (capítulo XV), el narrador y protagonista lee una nota que le ha dejado su mujer en la que se incluye la palabra “amor”. Y su reacción: “…leía la palabra amor una y otra vez. Sentaba tan bien como la brisa en el pelo una mañana de agosto”.

Premisa 2. El producto y director español Lluís Miñarro, en entrevista con R. Miret en Dirigido por (diciembre de 2010), apuntaba: “No hay nada que inventar. Hay que fijarse en lo que hacen los franceses cuando hablamos de cine”. Él se refiere aquí al admirable proteccionismo y a la industria de ese país, pero no sólo (creo yo) a ellos: también a una manera de hacer cine.

Si tomamos ambas premisas, las introducimos en una probeta y las agitamos, el resultado podría acercarse a El erizo, deslumbrante debut de la joven Mona Achache (apenas 28 años cuando terminaba el film), tan fresco y misterioso, tan emocionante y atractivo, que ya desearía ver su siguiente obra.

El erizo es una de esas películas sobrias, familiares, sutiles y sensibles sobre las que algunas personas dirán que “no ocurre nada”. Al menos hasta el final. Dos historias, dos protagonistas, dos mujeres: una niña especial, inteligente y cursi, y la portera del edificio: aficionada a Ana Karenina, fea, apática y rendida ante su aburrido discurrir vital. Ambas historias (lo sabemos desde el principio) confluirán. Un tercer personaje, asimismo enigmático y fascinante, es el educadísimo vecino japonés, que añadirá sal y pimienta a la trama. Aclaro: sal y pimienta a la “française”, es decir, sensatas palabras, sabias miradas, lo cortés y lo valiente.

El erizo (inspirada “libremente” en la exitosa novela de M. Barbery, que no he leído) supone un austero alegato optimista, contrario a los determinismos de diverso signo (me recordó, en este sentido, más a la clásica Marty, de D. Mann, que a la tradición española, más oscura y cruel, de Cielo negro o Calle Mayor).

La aguda lucidez de la niña, que graba con una vieja cámara a su convencional familia de clase media-alta, contrasta con (pero se parece a) la vida monótona de la portera (una proletaria), que está a punto de dar un vuelco. Un rayo de luz, una oportunidad para ser feliz, o casi. Mientras la niña fantasea con la psicología y el suicidio y encuentra (entre sus vecinos) relaciones amistosas más auténticas que las que tiene con su familia, la portera (con el asesoramiento de la siempre maravillosa Ariane Ascaride, aquí en papel secundario) se peina, se pone guapa, se anima y se dipone a disfrutar de una levísima historia de amor con el japonés y de una atípica amistad con la neurótica niña.

El arte de Achache es más complejo de lo que parece: dibuja escenas de quietud dramática en la tradición de un sociológico “Upstairs/ Downstairs” pasado por la mirada amplia y serena de Ozu (la escena que se ve, de una película del maestro japonés, no es casual), al tiempo que crea tres personajes fabulosos, protagonizados por Josiane Balasko, la niña Garance Le Guillermic y el japonés Togo Igawa.

El amor cortés y francés derrota al tedio existencial: para así llegar a admitir, con Neruda, eso de “confieso que he vivido”. Brisas en el pelo, mañanas de agosto.