SJÖMAN Vilgot (1924-2006)

Syskonbädd 1782 (Mi hermana, mi amor) (1966: 7.5)

En una entrevista en la revista XL Semanal (con A. Tagarro, diciembre de 2010), la directora española Icíar Bollaín, tras defender con timidez las subvenciones para el cine, apunta que en los EEUU la industria cinematográfica cuenta con mucho apoyo (algo que se suele pasar por alto), añadiendo: “Los norteamericanos tienen clarísimo que quieren una cinematografía nacional, porque vende país, porque detrás de las películas van todos los productos, todos los paisajes…”. Y finaliza con lo más interesante: “Tenemos EEUU metido en la cabeza a través del cine”.

Esto explicaría que, por ejemplo, cuando en España (o Inglaterra, Italia, etc.) un aficionado al cine oye los nombres de Bibi Andersson, Per Oscarsson y Jarl Kulle, estos no le digan nada. Sólo los muy cinéfilos identificarán a la primera como actriz habitual de Ingmar Bergman, de acuerdo. ¿Pero por qué estos dos estupendos actores suecos no nos suenan? Pues es sencillo: porque, como argumenta Bollaín, no tenemos Suecia metida en la cabeza a través del cine. Y desde luego, tampoco a sus actores ni actrices. Y, menos aún, a este director llamado Vilgot Sjöman (que, por cierto, no es Bergman).

Mi hermana, mi amor, título español que ya lo dice casi todo, es el tipo de película que de ninguna manera se podía exhibir en la España franquista. Su tema es el incesto, nada menos. Y “quien hace incesto, hace ciento”, como decía un personaje en una película de hace años (creo que de F. Trueba). Pero no hablamos de un incesto etéreo ni platónico ni implícito. No: el incesto físico y admirablemente sueco, de miradas y besos y bellos cuerpos desnudos. Una irresistible atracción que sienten dos hermanos (Andersson y Oscarsson) que ni siquiera las lascivas amantes de él o el futuro marido de ella (el obsesivo Kulle) pueden frenar. Y es que, a estos atípicos enamorados, los dejaban solos dos minutos y ya se abrazaban sin poder evitarlo; o subían al pajar, con urgencia, y el asunto se volvía tórrido y decameroniano.

Como consecuencia de uno de sus encuentros, ella se queda embarazada y, al final de la película, en unos planos asombrosos, vemos al recién nacido, del que dicen que es “una niña sana”: pero a este espectador tal imagen chocante (el pringoso hijo de un incesto y una madre muerta) le retrotrajo a La semilla del diablo, así que mi escalofrío coincidió, lúgubremente, con el The End.

Sjöman, como escribí más arriba dentro de un paréntesis, no es Bergman: su trazo es más grueso, sus encuadres más angulosos, su arte menos sutil, sus primerísimos planos son excesivos (en calidad y cantidad), sus personajes más planos. Pero a cambio, Sjöman (que acaso tampoco quisiera ser Bergman) destaca por la simpática impureza de sus imágenes y secuencias, que saltan de tonos graves a tonos frívolos con enorme facilidad, que varían enormemente en la elección de tipo de plano (de un plano general saltamos a un primer plano de un pecho o a un inserto de una gallina).

En realidad, Mi hermana, mi amor que, genéricamente, se podría adscribir al melodrama morboso y caliente (por ejemplo, Último tango en París), a la película de época con “amistades peligrosas” (pongamos que Valmont) o al entretenido culebrón de ricos y pobres (la excelente Pelle el conquistador), podría verse también como un seudo-histórico relato de erotismo (Historia de O). Aunque yo lo veo más bien en el género de la picaresca y, a este respecto, en la senda de Tom Jones (del británico T. Richardson): gentes aristócratas ligeras de cascos (escotes, amigos en la realeza, encajes, cuernos, líos de faldas, ópera y levedad argumental), por un lado, y pobres mujeres que alimentan a sus hijos bobos y comparten mendrugos de pan con hombres deformes, por otro. Podría verse, pues, esta película como una (caricaturesca) ilustración de la sumisa y algo grotesca lucha de clases en la Suecia del siglo XVIII. Aunque, como diría aquel (no desde luego, Bollaín), ¿a quién le importa la Suecia del siglo XVIII?

En relación a la temática, a su desinhibición y carácter explícito, en todo caso, es menester recordar que los años sesenta, culturalmente hablando, supusieron un mayor atrevimiento en la representación del cuerpo humano y las prácticas sexuales. En Mi hermana, mi amor vemos, por ejemplo, desnudos integrales (aunque no se ven penes, creo); a los que (que yo sepa) nunca accedió Bergman: ¿estaría el gran Ingmar orgulloso de su compatriota y discípulo Sjöman? ¿Qué dice Google al respecto?

Comprensiblemente, fue una película controvertida en su momento pero, a mi modo de ver, lo sigue siendo ahora y lo será en cualquier otra época. Del incesto algunos dicen que es un mero tabú, un constructo social, una asimilación cultural. Siendo esto acaso cierto, tengo la sensación de que, para una mayoría de la población, liarnos con nuestra hermanita o hermanote no es el tipo de ambición que suele aparecer en nuestro TOP 100 de “las cosas que hay que hacer antes de morir”.

Si, siguiendo a Bollaín, el cine vende país, ¿qué país querían vender estos suecos? Pues sin duda alguna: una aparente conducta liberal en todo lo concerniente al cuerpo humano, su sexo (en ningún caso de los ángeles), sus prácticas y alrededores. Recordando antiguos filmes de Landa, vaya, es comprensible que el estereotipo de sueca fuese aquella chica rubia, alta, semidesnuda y guapísima que piensa o nos dice, picarona: Soy curiosa. Ya pero... ¿tanto como para... eso?