FORD John (1894-1973)

How Green Was My Valley (¡Qué verde era mi valle!) (1941: 10.0)

Disimulo 1. Oí por primera vez mencionar ¡Qué verde era mi valle! en el programa radiofónico “Polvo de estrellas”, que presentaba hace ya unos lustros el crítico Carlos Pumares. Tendría yo unos quince años. Pumares pesaba, en cierta forma, esta película de Ford y el gran clásico de Capra ¡Qué bello es vivir! frente a E.T., el extraterrestre. Y Pumares señalaba cómo, aunque las tres estaban muy bien, las dos primeras eran obras maestras porque, cada vez que se veían, volvían a emocionar, mientras que la de Spielberg, vista una vez, vista para siempre: el bichito del espacio terminaba siendo un incordio. Al César lo que es del César: gracias, señor Pumares.

Disimulo 2. Hay fordianos que relegan How Green Was My Valley a una segunda división, o que la minimizan con descaro al compararla con Centauros del desierto, El hombre tranquilo, La diligencia o El hombre que mató a Liberty Valance. La ven demasiado obvia o acartonada o sentimental o melodramática o ingenua o cursi o enfática o anticuada. Por no hablar de los cinéfilos no fordianos (es decir, incompletos), que pasan olímpicamente de How Green Was My Valley. Suelo ser tolerante en mis gustos y apreciaciones pero, en este caso, discrepo radicalmente con ambos grupos. Y añado algo aún más tremendo: yo no puedo fiarme, “fuera del cine”, de alguien que se muestre neutro o diplomático (o, aún más grave, apático o desdeñoso) en relación a esta película. Es sencillo: estoy convencido, en mi subjetividad, de que a esa persona (por muchas virtudes o cualidades que atesore) le faltará una dosis “nuclear” de bondad y generosidad y justicia. Y ni siquiera hablo de arte.

Disimulo 3. Apunto dos citas, que acaso puedan rellenar algún hueco socio-político, tomadas del libro de J. Jiménez Lozano Los cementerios civiles (mis “negritas”):

 

1)                          “Mostraban …esos cristianos… [cristianos ilustrados, de la época de la Ilustración] una receptividad especial hacia el infortunio de los pobres y los menesterosos en una cristiandad donde el ‘ande yo caliente y ríase la gente’ parecía ser una actitud existencial verdaderamente llamativa”.

2)                         “No se quiere saber nada de la historia, ni de las historias particulares de hombre. Pero el sufrimiento y la desdicha permanecen, y se precisa que sepamos y nos avisemos a nosotros mismos. Por eso seguimos recordando y escribiendo historias”.

 

Sin careta. He vuelto a ver ¡Qué verde era mi valle!, tras diez o doce años sin verla. Y, sin matices, me reafirmo en lo que ya pensaba, intuía y sentía con mis diecinueve o veintidós años: es mi película favorita. De todos los tiempos, como suele decirse. Mi obra maestra absoluta. Y he llorado un poquito (aun con disimulo) de nuevo. Esta hermosa y profunda elegía incluye al menos dos decenas de momentos asombrosos. Sin parangón. Todos ellos, honda y comprometidamente fordianos: escenas y planos épicos y líricos; familiares y sociales; simples pero complejos; dulces y crueles; costumbristas o irreales; divinos pero terrenales; expresionistas o documentales; primitivos o de cuento de hadas; colectivistas y de rabioso individualismo; liberales, cristianos y socialistas. Planos y escenas de felicidad y de angustia y de hilaridad y de crudeza. Unos nos ponen un nudo en la garganta, otros nos hacen reír y otros nos hielan la sangre. Casi cualquier tema universal y esencial está tratado, hasta el hueso, en esta película. Película de aprendizaje: de vida, bienes y valores. De tolerancia, solidaridad, respeto, justicia. Y de sus nefastos opuestos. Una familia de mineros galeses: que parece idealizada pero termina destrozada. Bellísimos cánticos, bailes, borracheras, buena y mala uva, peleas, miradas enamoradas, libertad con ira. Ford embarrado hasta el cuello con sus maravillosas criaturas: Walter Pidgeon, Maureen O’Hara, Donald Crisp, Sara Allgood, Barry Fitzgerald… Y el inolvidable Roddy McDowall: el niño Hugh Morgan. Quien, por cierto, durante sus varios meses en cama, por culpa de una prolongada parálisis en las piernas, tuvo el placer, la suerte y el honor de descubrir La isla del tesoro. Y luego llegó la primavera y, con ella, el cielo azul y los pájaros cantando y las piernas vuelven a funcionar. Andar de nuevo. En pos de algo sólido. Una completa e inabarcable felicidad en blanco y negro.