ESTELRICH Juan (1927-1993)

El anacoreta (El anacoreta) (1976: 7.0)

El anacoreta se apunta a una cierta tendencia del cine español, o latino, que percute en los setenta, en la cual los hombres están solos, no se adaptan, se esconden y fantasean, dejados de la mano de Dios, los pobres.

Como “anacoreta laico” se define el personaje que interpreta Fernando Fernán Gómez, que lleva once años sin salir del cuarto de baño de su casa. El buñueliano Simón del desierto se había subido a una columna para que los demás le observaran, admiraran y tomasen el pelo, pero este anacoreta caprichoso, vago y desencantado de “la transición” que se dedica a escribir mensajes que luego arroja por el inodoro con la esperanza de que le lleguen a alguien, prefiere guardarse en la habitación famosa en todas las casas por las toallas, las partes íntimas y el tirar de la cadena; el cuarto más íntimo, más morboso, más extraño, más atroz.

Podría colocarse El anacoreta en una lista de películas temática y hasta “moralmente” afines como Dillinger ha muerto (1969, Ferreri), Tamaño natural (1973, Berlanga), El diputado (1978, E. de la Iglesia) o Bilbao (1978, B. Luna). Son películas donde los hombres, perdidos en un mar sexual y emocional tras años en el “armario” (no necesariamente homosexual), sienten que han de expresarse por otras vías, pero se les suele ir la mano, no se integran...

Incluso apetece relacionar El anacoreta, en un sentido más amplio, con otros filmes sobre hombres que dejan de ser el centro de su mundo y quedan a merced de su desesperación y de la complejidad del Mundo: El carnicero (1970, Chabrol), el papá de Walkabout (1971, Roeg), el detective de La noche se mueve (1973, Penn), Hackman en La conversación (1974, Coppola), todo el cine de Herzog de la época, el papá de Nido familiar (1977, Tarr) o incluso el Peter Sellers de Being There (1979, Ashby). Hombres estrafalarios, psicópatas o paranoicos, atormentados, ultra-sensibles o “basket cases”: casos imposibles.

Digamos ya, de todas maneras, que El anacoreta jugaba la baza (como La trastienda y otras de esos años) de los desnudos femeninos de la fabulosa Martine Audo, que va al (improbable) rescate del solitario anacoreta que no sale del inodoro. Audo es el trasunto  erótico, maravillosamente erótico, de la película de Estelrich, mostrando su cuerpo a un asombrado Fernán Gómez, que intenta resistirse a la tentación porque no quiere salir de su feudo interior. Audo es el sueño de todo hombre “no impotente”, como la propia Audo señala. Es el sueño poco plausible que se hace carne, la chica ambiciosa, pija y liberal que se encapricha del raro, del diferente, y que no descansará hasta acostarse con él. Un antojo.

Triste comedia anti-romántica es el El anacoreta, deja un regusto insano: el anacoreta no saldrá del cuarto del baño, pues en cuanto (tras imaginar erróneamente que ella se ha enamorado de él)  se pone un traje convencional para unirse al mundanal ruido, la joven maciza  se da cuenta de que su estrafalario príncipe con chándal se ha convertido en rana rutinaria, y pierde de inmediato el interés. Los sueños, sueños son, aunque a veces se cumplen durante un ratito.

Estelrich, con experiencia abundante y variadas labores en el cine (español, en coproducción y extranjero), realiza una estupenda película que va decayendo a medida que el espectador se va instalando en la rareza de la situación descrita... La primera media hora es excelente, misteriosa, divertida y morbosa. El último rato casi se hace largo: sospechamos el final y la sencilla puesta en escena de Estelrich dentro del cuarto (de baño) de Fernán Gómez se hace algo tediosa. Obra personal, en todo caso, firmada por Estelrich y por el incombustible Azcona, personal pero muy de su momento (como hemos ejemplificado arriba), sobre las inciertas ansias de libertad y las ilusiones no conquistadas, sobre las nuevas realidades difíciles de asimilar, las ganas de no hacer nada, el ser un “hippy” de interiores mientras fuera todo está ocurriendo. Un film agridulce sobre frustraciones, resignaciones y placeres, contado a través de brochazos anarquistas, hedonistas, absurdos y paranoicos.

Quede constancia de que considero que ya no hay mujeres despampanantes a la manera de Martine Audo, liberadas y enigmáticas, corteses pero valientes, tan dispuestas a quitarse la ropa como a escuchar un poema o mirar, mediante un telescopio, las lejanas estrellas. Claro que, seguramente, tales mujeres “nunca” existieron y acaso ahora sea yo un anacoreta contemporáneo, oculto del mundo ante mi pantalla, lanzando papeles no impresos a ninguna parte, esperando, como un iluso, que llamen a la puerta y vengan a rescatarme de mí mismo.