BUÑUEL Luis (1900-1983)

Viridiana (Viridiana) (1961: 10.0)

Luis Buñuel o la estirpe de los genios del cine, como Vigo, Welles, Hitchcock, Fellini, Godard, Antonioni, Polanski, Lynch, Almodóvar.

La obra de un genio no tiene por qué ser mejor que la película de un gran director: no creo que ni John Ford ni Raoul Walsh, ni Visconti ni Kurosawa, ni Rohmer ni Eastwood sean genios, pero han hecho tantas o más grandes películas que los primeros citados. Pues a veces un genio se pierde o diluye en su propia genialidad. En ocasiones el genio coloca su genio en primer plano, ocultando o distorsionando lo demás (tramas, personajes, emociones, pensamientos). A menudo el genio piensa que su nombre es más importante que la película. Craso error: lo que el espectador ve, durante 100 o 120 minutos ante la pantalla, son películas, sólo películas.

Sin embargo, muchas veces los genios aciertan y sus obras son… geniales. L’Atalante, Sed de mal, Psicosis, Amarcord, Blow-Up, Cul-de-sac, Carretera perdida o Átame consiguen que sus autores plasmen su genialidad de manera sólida, conmovedora o subversiva, brutal e irrepetible. Y Viridiana es, en efecto, única, idiosincrática e inconfundible.

La primera media hora es de misterio, morbo y terror: un mediometraje en sí mismo perfecto y completo donde domina el fetichismo, la represión y el enigma. La segunda mitad, en cambio, es galdosiana, irreverente, social y políticamente desoladora. Una visión negra de la condición humana. Los mendigos, mendigos son. La redención no existe. El sexo es sinónimo de preocupación y placer. Los tiempos estaban cambiando (Buñuel y su parentesco artístico con Visconti) y el viril, práctico y vital Francisco Rabal estaba más “in tune” con los años sesenta que la monja arrepentida Silvia Pinal o que el torpe y atormentado aristócrata Fernando Rey. Pero el personaje de Rabal siempre despreció y desconfió de esos mendigos feos, sucios y tullidos. En aquellos nuevos y liberadores tiempos, los pobres iban a seguir siéndolo: las revoluciones pasaban a su lado pero pasaban de largo.

Imágenes paradigmáticas y (en efecto) geniales: la monja con vestido de novia; Fernando Rey ante la cama en la que yace, desmayada, Pinal; la corona de espinas ardiendo; la Última Cena; el último (¡y genial!) plano de la película: uno de los finales más ambiguos y seductores de la historia del cine.

Socarronería y surrealismo, cinismo y necesidades biológicas, simbolismo, descaro y rock ‘n’ roll. Paralelismos dialécticos, insertos enfáticos: Buñuel divirtiéndose y, por momentos, entusiasmado ante la fuerza intrínseca de una imagen (el gato atrapando al ratón, las piernas de la niña saltando a la comba, el primer plano sobre el ciego/ Jesucristo en la cena de los mendigos, etc.), aunque ésta no “case” con la historia, por ser no-diegética o por suponer un impuro subrayado. A Buñuel eso le daba igual.

Quien ve Viridiana recordará siempre esas imágenes y estará siempre bajo su absorbente, atractivo y turbio embrujo. Así son los genios.