EASTWOOD Clint (1930-_)

Unforgiven (Sin perdón) (1992: 10.0)

Clint Eastwood subió el nivel de los pobres años noventa a límites desconocidos. De ese decenio (para mí, el peor de la historia del cine desde 1930 para delante) son nada menos que Cazador blanco, corazón negro, Sin perdón, Un mundo perfecto, Los puentes de Madison, Poder absoluto, Medianoche en el jardín del bien y del mal y Ejecución inminente.

No hay, ni de lejos, ningún otro director que en esos mismos años, aunando cantidad y calidad (acaso Eric Rohmer...), dirigiera dos obras grandiosas (Sin perdón, Los puentes de Madison), otra sobresaliente (Un mundo perfecto) y otras cuatro notables (Ejecución inminente, Medianoche…, Poder absoluto y Cazador…). Claro que lo que no se sospechaba a la altura del año 2000, cuando Eastwood ya era una leyenda del séptimo arte, es que en el siglo XXI (escribo desde enero de 2011) Clint firmaría nada menos que diez espléndidas películas, una por año, alcanzando cotas quizás aún más elevadas: aunque esto sea opinable, yo diría que tres de ellas, Mystic River, Million Dollar Baby y Gran Torino, ya harían de esta última década la mejor en la impresionante carrera cinematográfica del señor Eastwood.

En entrevista con R. Ayuso en El País (enero de 2011), con motivo del estreno de su última (¡ya penúltima!) película, Más allá de la vida, Eastwood ha señalado que “cada película tiene un horizonte que conquistar”.

En 1992, cuando aún no sabíamos (pese a El fuera de la ley, El rostro pálido y otras tres o cuatro películas estupendas) que Eastwood estaba en camino de convertirse en uno de los mejores directores de la historia del cine, el gran Clint conquistó el western de manera total y definitiva. Tocó el horizonte, lo colonizó, más bien lo ametralló y lo destruyó, clausurándolo para siempre.

Oscurísima, tenebrosa, mojada, sudorosa, enfermiza, paranoica, sádica. Así es Sin perdón.

La justicia es injusta y la venganza es asesinato y muerte. Y no hay salida.

Sólo si juntamos a Peckinpah con Leone, La Biblia y Shakespeare, a Ford con Kurosawa, nos podemos hacer una idea de lo que es, de lo que supuso Sin perdón.

Una maldición, como el diluvio universal, parece que pesa de principio a fin sobre la obra y los personajes. Su tema: la cruel y resbaladiza justicia, el desamparo de los débiles, la ley del más fuerte, el gatillo más rápido. Matar por dinero, trabajo deleznable al que se dedicaban Eastwood y M. Freeman, pero aún así no podemos dejar de “comprenderlos”. El dinero de las putas, una de ellas con el rostro sádicamente marcado, pagará la sed de venganza ante la ausencia de justicia, y apagará la sed de justicia de las ofendidas prostitutas. Y el dinero de las putas traerá más muerte y barbarie y ocaso.

Furibundo y atormentado western sin perdón ni sonrisas ni engañifas ni (casi) honor. Muerte y muerte, y rabia y resignación: y llorar a los muertos queridos.

Sin perdón es una obra superior que marca un antes y un después. Uno de los grandes westerns de la historia. Acaso la mejor película de toda la década de los noventa (otra película notable de ese decenio, Seven, de David Fincher, recuerda a Sin perdón en ciertos momentos: en su lluvia incesante, su negrura, horror, violencia y pesimismo).

En Sin perdón, además, podemos disfrutar de uno de los más grandes repartos masculinos de la historia del cine: Eastwood, Gene Hackman, Morgan Freeman, Richard Harris (además del entonces joven Jaimz Woolvett).

¿”Print the Legend”, como se dijo en El hombre que mató a Liberty Valance? La leyenda la ha seguido escribiendo Clint. Nadie le tose a Sin perdón ni a este Eastwood: o sólo Ford, Hawks, Walsh, Mann, Peckinpah. Y a duras penas.