ALLEN Woody (1935-_)

Crimes and Misdemeanors (Delitos y faltas) (1989: 9.0)

En el prólogo a su libro de relatos sobre la Guerra Civil Española, A sangre y fuego, Manuel Chaves Nogales se define como “pequeñoburgués liberal”, “antifascista y antirrevolucionario por temperamento”, poseedor de “un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad” y con una aversión al peor pecado, “el pecado contra la inteligencia”.

Salvando las distancias de todo tipo, y con la notable diferencia de que la magnífica prosa de Chaves Nogales no suele destacar por su humor, lo cierto es que esos calificativos me hicieron pensar de inmediato en el intelectual Woody Allen. El director de cine, el hombre de cultura y de entretenimiento. El tipo que tan bien ha combinado la ironía y la guasa con la reflexión vital: una reflexión vital irónica, a ratos desencantada o pesimista, pero en general tendiendo más a la comedia que a la tragedia, a un recomendable relativismo .

Delitos y faltas contiene tanto de Woody Allen como (casi) de su admirado Bergman. Hitchcock, incluso Fellini. Y Dostoievski: ese darle la vuelta a la famosa idea moral o moralista, pues a este asesino del film de Allen la conciencia sí lo dejará tranquilo. Y podrá dormir por las noches y seguir viviendo y disfrutando. Y siendo más feliz que antes del asesinato. A veces la pragmática (aun criminal, aun inmoral), aliada con el carpe diem, vence a la conciencia. El tiempo lo cura todo. Y convierte la tragedia en comedia, como se dice en la película.

Con acaso el mejor reparto, o las más brillantes interpretaciones que recuerdo, de cualquier película de Woody Allen (Martin Landau, Mia Farrow, Alan Alda, Anjelica Huston, el propio Allen: todos espléndidos), Delitos y faltas, de manera perspicaz y con moldes clásicos, alterna dos historias, una más dramática (Landau) y otra más satírica (Allen), pero ambas confluirán al final de forma sorprendente. Ese encuentro, en la fiesta, entre Landau y Allen. Esa conversación: pura filosofía, agudeza máxima. Y como en 1989 aún no había móviles ni Internet ni terrorismo internacional, ese azar del encuentro fluye de modo natural sin necesidad de invocar a los poderes divinos de la Globalización… Todo un alivio.

Ambas historias, en todo caso, coinciden en presentarnos a dos hombres insatisfechos y torturados. A mujeres que buscan su lugar sentimental en el mundo. Y no pueden ganar todos: siempre alguien pierde o se adapta o sufre. Darwinismo sexual. Y económico. Relaciones de poder y jerarquía que machacan a unos y mantienen a otros. La vida no son matemáticas. Ni es lógica ni es justa. Ni moral.

Por otro lado, las reflexiones sobre el cine en general (el personaje de Allen rodando un documental sobre el egocéntrico y seductor productor Alda; el propio Allen rodando un documental sobre un filósofo vitalista que… se termina suicidando) son grandiosas, a la par lúcidas, frustrantes, geniales. Las escenas de Allen con su joven sobrina, a quien lleva al cine y con quien comparte divertidas confidencias, son quizá mis favoritas. ¿Hay muchas cosas más hermosas que ver a un adulto y a un joven aprendiz compartiendo imágenes y palabras, antes, durante y después del cine?

Allen, ese artista antirrevolucionario y anti-totalitario, ese tipo extremadamente inteligente siempre enfrentado (con humor y frases arrasadoras) a la crueldad y a la estupidez, nos legó en 1989 una de sus grandes películas. No está mal para un liberal pequeñoburgués. Acaso uno de los nuestros.