SAURA Carlos (1932-_)

Cría cuervos... (Cría cuervos...) (1976: 9.0)

“En este mundo de espejos hechos añicos,

la paz es un lujo efímero”

Carmen Martín Gaite, Nubosidad variable

 

Te sacarán los ojos. Y lo harán con sus propios ojos: los de Ana Torrent, en esta espléndida, enigmática y exitosa película de Carlos Saura, en sus años gloriosos (premio en Cannes: qué tiempos aquellos…).

Cría cuervos… es cine “grave”, como señaló José L. Blanco Vega en su crítica a raíz del estreno (en Cine para leer 1976), “cuya compleja articulación engloba la compleja articulación del mundo que describe: el mundo emocional de una niña fascinada por la muerte”.

Así, Cría cuervos… parece una película de fantasmas y apariciones, de sueños, pesadillas (por momentos parece de terror polanskiano o kubrickiano) y, en efecto, muerte. Muerte real y fingida, presenciada y deseada, recreada y temida. Una película que, a partir de la poderosa influencia del Bergman más intenso (Persona, incluso Gritos y susurros), los habituales elementos buñuelianos (insertos, objetos: pensé en la niña de la comba de Viridiana) y la inevitable, en aquel Saura, ascendencia francesa (Truffaut, Malle, Godard), compone una poderosa y simbólica rememoración de una España que se moría (la franquista: espejo hecho añicos) y otra que parecía nacer, a trancas y barrancas, con el miedo en el cuerpo (la paz era, en efecto, un lujo efímero), el resentimiento a flor de piel y, paradójicamente, al mismo tiempo, con ciertas ganas de perdonar (pero no olvidar) y pasárselo bien.

Escribo esto último porque Saura, crítico de las formas autoritarias, machistas e hipócritas de aquella España, compone personajes y vetas sentimentales que no invitan, sin más, a desear (como desea la niña Torrent) la muerte de aquellos que nos rodean, sino a entender, calibrar sus posiciones y, en suma, a comprender que una persona, además de lo que hace, del uniforme que lleva y de las ideas que atesora, es también un compendio de emociones, impulsos, obligaciones adquiridas y fragilidades. Hasta los más brutos del lugar (Héctor Alterio) tienen su corazoncito y sus motivos y eso es algo que, incluso el Saura más gélido y defensor de sus criaturas (sobre todo, niñas o mujeres), sabe y deja traslucir.

Imposible olvidar a Ana Torrent y su mirada (que había explotado Erice, pocos años antes, en El espíritu de la colmena). Torrent y sus juegos: al escondite con sus hermanas y luego éstas han de hacerse las “muertas”; jugando con sus hermanas a maquillarse y disfrazarse y hacer de adultos; con su muñequita desnuda, jugando a ser mamá en casa o en la piscina vacía. Imposible olvidarla diciéndole a la abuela que, si quiere, ella podría ayudarla a morir; Torrent pillando in fraganti a su padre con la mujer de su amigo; Torrent bailando con sus hermanas, al ritmo de Jeanette y “Por qué te vas”, momento sublime, misterioso, vital y godardiano, para mí lo mejor del film; Torrent con su mamá Geraldine Chaplin, esa España guapa y sufridora que se nos muere, antes de Franco, pero que reaparece como espíritu y estrategia cinematográfica.

Extraordinaria Florinda Chico, por su parte, como criada que oye y calla pero que, por momentos, da rienda suelta a la enseñanza útil, los recuerdos y al sano cotilleo y, sobre todo, en una escena fantástica, le enseña a Ana Torrent y al espectador sus soberbios pechos.

Estamos en territorio Saura, el gran Saura, hoy por lo que parece (escribo en febrero de 2011) olvidado por las legiones de jóvenes directores españoles imbuidos en los tebeos, el “gore”, Spielberg, Wes Craven, los Coen y el Pop. Algo que nunca hizo Saura: romper de manera radical con su pasado emocional y cultural, sus mayores, eso que ahora está sufriendo el propio Saura en sus carnes, desconocido incluso por algunos que se llaman cinéfilos pero que, tan cosmopolitas ellos (pero ya despreciando a Eastwood, Chabrol, Woody Allen, Rohmer...), ya sólo parecen tener ojos para insípidos (es decir, poco jugosos) artilugios audiovisuales tipo Naturaleza muerta y Syndromes and a Century, o para autores efectistas (es decir, poco auténticos) como Tarantino, Sorrentino, Nolan o Von Trier.

Rescribiendo a Jeanette, habría que decirles, deciros: ¿Por qué os vais? 

Y aún más: ¿Y a dónde? Cría cuervos...