ALLEN Woody (1935-_)

Hannah and Her Sisters (Hannah y sus hermanas) (1986: 8.5)

Hace poco, revisando Delitos y faltas, escribía yo que quizá esa película contenía el mejor reparto (o las mejores interpretaciones) de cualquier película de Woody Allen. Pero ahora, volviendo (quince años después, por lo menos) a ver Hannah y sus hermanas, quizá ya no esté seguro de mis palabras: Mia Farrow, Dianne Wiest, Barbara Hershey, Carrie Fisher, Michael Caine, Max Von Sydow y Woody Allen forman un reparto descomunal.

Como en Delitos y faltas, la estructura de Hannah y sus hermanas va intercalando comedia y drama, reflexión y divertimento, cierta desilusión vital con unas perennes ganas de seguir gozando en este mundo. La comedia es, principalmente, la baza del personaje descreído e hipocondríaco interpretado por Allen. El amor vuelve a ser la única válvula de escape resolutiva del caos vital, sentimental y profesional de los personajes. Estar a gusto con uno mismo al sentir pasión (correspondida) hacia la persona amada, más allá de las rutinas y el aburrimiento que corroe la convivencia, dan sentido al día a día. El amor, en Allen, y en relación con el amor el sexo, es lo que en verdad anima a levantarse cada mañana de la cama. El resto son notas a pie de página, efectos colaterales, poco más, según Allen.

Bellísimos los trávellings siguiendo a personajes caminando por las aceras de Nueva York, pasando por delante de cafeterías, librerías de segunda mano, tiendas, restaurantes. El mundo de Woody Allen. Bergman planea por encima de toda la película: reuniones familiares con risas, reencuentros, comida y bebida, rivalidades, insultos, Van Von Sydow y cotilleos; personajes cultos que, pese a sus conocimientos, oficios profesionales y aparente estabilidad, sufren por sus enamoramientos (unos) o por la falta de estabilidad amorosa (otras). Woody Allen dice una de sus frases: “La última mujer en la que estuve ‘dentro’ fue la Estatua de la Libertad”. Puro Allen, impuro Allen, relativista Allen, el intelectual Allen que prefiere reírse de todo y con todos antes que enclaustrarse en la torre de marfil (el personaje de Max Von Sydow), cuna de pose artística e infelicidad.

Además de Bergman, yo diría que Rohmer ha ejercido en este Allen una influencia poderosa. Estos personajes y sus “rayos verdes”: buscando su lugar sentimental en el mundo, hablando civilizadamente con sus familiares y amigos: todos ellos fotografiados por Carlo di Palma (un habitual de Woody Allen) con nitidez, naturalidad y esplendor. Sin torpes exhibiciones ni ceremonias melodramáticas.

Seguramente, mirando con perspectiva el Fenómeno Woody Allen (escribo en febrero de 2011, ¡ya llovió!) y, como señala Ramón Luque (siguiendo a un tal Hösle) en su entretenido En busca de Woody Allen (libro que peca, seguramente, de pretender ser académico, con un Luque que se oculta y justifica en exceso bajo citas y autores), el mayor mérito del guionista, director y actor norteamericano haya sido y siga siendo que…

 

…intenta bajar los grandes asuntos filosóficos y existenciales del pedestal en el que se encuentran para ponerlos a una altura más accesible, hasta unos modestos límites en los que consigue hacernos reír y a la vez reflexionar sobre la grandeza y miseria de la vida.

 

También, como recuerda Luque más adelante, es cierto que Allen siempre ha mantenido una “ilusión dentro de la desilusión”, como el propio personaje que interpreta en Hannah y sus hermanas, que, tras estar a punto de suicidarse, va al cine y se troncha de risa con una película de los hermanos Marx. Sólo por eso, la vida ya merecería la pena vivirse: somos, básicamente, gansos sobreviviendo y chapoteando en una delirante sopa.