REGUEIRO Francisco (1934-_)

Amador (Amador) (1965: 8.0)

Un joven Francisco Regueiro, inclasificable director español, firmó Amador a mediados de los años sesenta: coproducción franco-española estrafalaria, sorprendente, violenta, tenebrosa, seca, lacónica; misógina e incluso misántropa.

Regueiro bebe en Chaplin y su Monsieur Verdoux: un tipo español, apuesto y raro, que va a Torremolinos a ligarse a una de aquellas suecas. Amador es, entre otras cosas, una desmitificación de eso: de aquel turismo, aquellas playas, la leyenda sueca. El hombre llamado Amador, que va siempre acompañado de un cuchillo, se acabará ligando a una vieja y horrible turista americana, a la orilla de un melancólico mar, casi de La dolce vita, pero sin niña, sin epifanía, sin mensaje.

En aquella cultura española no había vida dulce si no, más bien, un cine de conciencia masculina (“stream of consciousness” es eso: el fluir de la conciencia), repasemos: obras como Nueva cartas a Berta de Martín Patino, Young Sánchez o Con el viento solano de Camus, La caza de Saura… En paralelo al genial, dicharachero y pícaro carácter coral de las obras de Berlanga, otros autores optaban por una mayor soledad del individuo, cada uno “en su mundo”, planteándose cuestiones de vida o muerte, de amores y odios, placer o moralidad, mujer o riesgo.

El actor francés Maurice Ronet, que trabajó con directores prestigiosos de su tierra (Malle, Chabrol, Deray) y en aparatosas coproducciones internacionales, fue llamado a filas por Regueiro para caracterizar a este Verdoux español, este asesino sin causa. Por cierto que La Cuadrilla, en los años noventa, tomaría buena nota de películas como Amador al apostar por el resurgimiento (con A. de la Iglesia) de lo macabro español, en una película sanguinaria y creativa como Justino, un asesino de la tercera edad.

Asesino de mujeres por dinero, un asesino paranoico (pues quiere que “le dejen en paz”) y de torturado soliloquio, Amador se plantea su futuro sin dudar de su moralidad, al contrario que tipos como el protagonista de Mi noche con Maud. Conviene comparar paradigmas: lo rohmeriano no era regueriano, aunque Ronet, como sus colegas franceses dirigidos por el gran Eric, también le daba vuelta a las cosas. Pero terminaba matando, lo más vulgar y menos rohmeriano del mundo.

El joven Regueiro rodaba de manera elíptica y abierta (¿o he visto una versión censurada y “a saltos”?), por momentos godardiana: una cámara que selecciona locuaces segmentos de realidad, un montaje que corta por donde no se espera; una inventiva visual que, además, casa bien con el tono Antonioni, tanto en su aspecto espacial (espacios amplios, grises, tristes y en blanco y negro) como verbal (el fracaso de la comunicación es patente: síganse los, a ratos, absurdos diálogos del film). Y están los toques muy Buñuel, quizá inevitables en aquellos españoles modernos: aroma descreído, materialismo, detalles, primeros planos; insectos.

Pero volvamos al protagonista, al antihéroe, el hombre guapo, gélido, asesino y disfuncional, con la mente tan desarrollada como un niño de Hitchcock, nuestro Anthony Perkins mediterráneo (esa mirada final de Amador, como de Psicosis): un señor que lleva la inquietud allá a donde va. Siempre incómodo o incomodado por familia, amigos, mujeres, sociedad. Amador es un individuo extranjero de sí mismo y de todos, que mata porque no se le ocurre nada mejor que hacer. Su perturbación es ridícula, o sea existencial.

Estupenda (aun irregular y difusa) obra española, tan inclasificable como El extraño viaje (¿El extraño viaje II?): película anti-épica, anti-lírica, anti-sentimental. Labrada o diseñada por un director español leído, culto, cinéfilo. Estamos aquí ante otra cultura española: pues bueno es que, por cada prolífico Mariano Ozores, exista al menos un diletante Francisco Regueiro.

Una España inesperada, extravagante: como leer algún relato de aquellos años sesenta de Medardo Fraile, por ejemplo “Ojos inquietos” (en Escritura y verdad, cuentos completos), que empieza nada menos que así: “Sólo se oía el agua caer en la bañera…”. Y termina: “…el pedazo de sábado que le faltaba”. O el pedazo de cine que nos falta a todos.