FORD John (1894-1973)

The Searchers (Centauros del desierto) (1956: 9.5)

Quien esto escribe sigue descubriendo o volviendo a ver películas de Ford y continúa sin lograr (al menos, cabalmente) descifrar qué es lo que este director tiene de grande, de enorme, de incomparable. Sin el talento puro de un Hitchcock o un Welles, sin la destreza irónica y verbal de un Wilder o un Allen, sin la excelencia analítica de un Visconti o un Bergman, sin la hermosa complicidad de un Renoir o un Truffaut, sin el realismo veraz y justo de un Rossellini o un S. Ray, sin el genio provocador de un Buñuel o un Godard ¿qué es lo que hace de John Ford (acaso) el más grande?

Tras ver por tercera o cuarta vez Centauros del desierto, escurriré el bulto sobre cuestión tan (para mí) inabarcable pero, a cambio, ofreceré unas pinceladas sobre aspectos que me han llamado la atención, hoy, a mediados de febrero de 2011:

1-The Searchers contiene bastante humor. No la recordaba así: la épica,  odisea u epopeya del Ethan Edwards encarnado por John Wayne se combina con siete u ocho momentos de graciosa distensión que relajan un tanto el calibre intenso y obsesivo de la película entera. El propio Wayne, conviene recordarlo, interviene en esos momentos más humorísticos, casi “gags”, que en cierta forma suponen (en esto hay opiniones) el componente más fordiano de todos. Así, los elementos más épicos, violentos y torturados (la búsqueda, la lucha, la persecución), además de los aspectos más sutiles, íntimos y líricos (miradas que sugieren con gran sutileza), se alternan con ese (digamos) idiosincrático talante fordiano dispuesto al disparate, la chanza,  la carcajada, el trago o la mecedora. De esta forma, sonreímos, por ejemplo, ante la parte en que Martin (Jeffrey Hunter) se casa, “por error”, con una india, sufriendo los comentarios hilarantes y risueños de Wayne.

2-Escribía hace unas semanas Antonio Muñoz Molina (enero de 2011, Babelia), en un artículo en torno a su aprendizaje como escritor (“20 años, 20 lecciones”), que había aprendido a “desconfiar del estilo, que cuando no es sino el sonido singular de la propia voz puede convertirse en una colección de muletillas, automatismos y parodias de lo que uno mismo ya ha escrito”. Acaso uno de los mayores méritos del director John Ford fuese que siempre desconfió del estilo: jamás “pretendió” nada ni consideró los medios técnicos más que como herramientas, en ningún caso fines en sí mismos. Nunca llegó a ese punto de estancamiento o frustración donde un autor parece parodiarse a sí mismo (ni siquiera en la, para mí, más floja de sus obras, The Sun Shines Bright, rozó la mediocridad manierista). Ford convertía lo sencillo (en la imagen, la profundidad de campo, la mirada, las luces y sombras, el paisaje) en complejo. “El agua mansa es muy profunda”, escribió, si no recuerdo mal, Elias Canetti. Una sola mirada de John Wayne, que parecía que no actuaba (lo cual sigue despistando a algunos críticos académicos), contenía tempestades, anhelos, piedad, ira. Paradigma del anti-Actor’s Studio.

3-The Searchers (que, lo admito, siendo buenísima, no me emociona tanto como otras tres o cuatro obras de Ford) es el cine convertido en mito, y viceversa. Imposible imaginar The Searchers sin John Wayne: cruel, posiblemente racista, rencoroso, obsesionado, violentísimo. Un hombre ontológicamente solo. Alguien que entra en la película para resolver un conflicto (¿lo resuelve?) y embarcarse en una aventura contra los indios; alguien que sale de la película tras cumplir su misión, cuando, para los demás personajes, los que aún están vivos, hay un final relativamente feliz.

Wayne, el antisocial Ethan Edwards, literalmente “se sale” de la película, se aleja de todo y de todos, también del espectador, yendo hacia el horizonte real y metafórico. Wayne, Edwards: acaso la mejor interpretación de la historia del cine. Aunque “interpretación” es un término que se nos queda irremisiblemente corto. Casi parece un eufemismo, un desprecio. Un insulto: quizá por eso Wayne no nos quiera.