WOOD Sam (1883-1949)

Heartbeat (Latido) (1946: 4.0)

Sam Wood fue, seguramente, un buen americano. Patriota, simpático, optimista, un buen tipo. Trabajó con señores fiables como Gary Cooper y James Stewart. Como artesano que era, su versatilidad era conocida y envidiable: por eso trabajó también con gente más imprevisible como los Hermanos Marx, Rodolfo Valentino o el mismísimo Ronald Reagan.

En Latido, Wood se puso al servicio de la estrella Ginger Rogers, que ya había pasado su época dorada en los alegres años treinta pero que todavía se conservaba espléndida, más cerca de Brigitte Bardot que de Melanie Griffith. Dios también creó a Ginger Rogers.

Rogers es una Cenicienta atravesada por el espíritu al mismo tiempo digno, pícaro y plebeyo de Charles Dickens. Wood enrola a Rogers en un argumento muy Oliver Twist: una escuela de ladrones, aquí gestionada por Basil Rathbone, pero situada en París. Ese es el trozo de la película más pasable y hasta medianamente divertido: Rathbone enseñando a sus pupilos las técnicas del perfecto “pickpocket” gracias a maniquiés tan estrafalarios como el que vemos en el fotograma de la derecha.

Por desgracia, Wood ha de plegarse, de inmediato, al subgénero del glamour, la etiqueta y el romanticismo más ñoño. París, para aquellos americanos, era (¿sigue siendo?) eso: un lugar de elegancia, cultura, fiestas y esnobismo. París era la ciudad con la que soñaban las chicas guapas, ambiciosas o desamparadas, aquellas con hambre de maridos ricos y apuestos (aquí, el soso Jean-Pierre Aumont). París era, además, la ciudad del más elevado cosmopolitismo diplomático, los frívolos bailes de salón y los embajadores que aburrían a sus nada santas esposas (aquí, Adolphe Menjou),  mientras estas anhelaban un madamebovariano adulterio que diera lustre a sus vidas. 

Si uno hubiese de juzgar al bueno de Sam Wood únicamente por un título tan banal y deshidratado como Heartbeat, apetecería mandarlo al rincón oscuro de los directores del montón. Pero como sabemos que Wood sabía hacer otras cosas y hacerlas mejor, pues mejor dejamos esta cuestión para otro rato. Pues Wood fue, casi con toda seguridad, un buen americano.