VIDOR King (1894-1982)

Duel in the Sun (Duelo al sol) (1946: 8.0)

Más que un western, Duelo al sol es un grandioso aspaviento de pasiones y pistolas.

Todos los elementos están colocados a la medida de la ambición del productor (¡y guionista!) David O. Selznick. En primer lugar, la mujer cañón, la estrella de la película, la altamente sexualizada y contoneante Jennifer Jones (su esposa en la vida real): una “gatita”, como la llama con divertido eufemismo un desatado Gregory Peck. En segundo término, el director King Vidor (aunque participasen otros realizadores), conocido por su “poder expresivo”, como señala Terenci Moix en su sabroso comentario (en Diccionario de películas del cine norteamericano). Finalmente, ese intento de repetir, en clave de cowboys pero con igual ambición, un segundo Gone with the Wind, es decir, un lujurioso y melodramático culebrón con rivalidades, contexto histórico, adulterios, duelos, traiciones, sensualidad, puñaladas por la espalda, en suma (como dice T. Moix): “la pugna de la hembra entre dos formas de amor es la que domina la epopeya toda”. Joseph Cotten fue ese segundo hombre, por cierto. Un tipo sensato.

Duelo al sol se caracteriza por el lujo por el lujo, el boato técnico y la saña decorativa: Vidor y su equipo hacen uso de todo tipo de movimientos de cámara, planos, panorámicas, lentejuelas, simetrías, puestas de sol. Ese glamour cinematográfico se combina con el aspecto dramático más pasional, sobre todo en ese final inolvidable en el barro, ese Juntos hasta la muerte de Peck y Jones (previo a la excelente película de Walsh). Finales como los de la citada Colorado Territory, Los profesionales, Pat Garret & Billy the Kid, Duelo al sol o Centauros del desierto han hecho del Oeste un territorio mítico donde la muerte y la ley de las pistolas han jugado un papel sustancial. Sin asesinatos y tragedia no hay western pero, curiosamente, en Duelo al sol los personajes sufren, primordialmente, por amor.

El problema (al menos, para mí es un problema) es que el aspecto más puramente estético, alambicado y consciente de la película se lo come casi todo, constituyéndose en una hipérbole digna de su excesivo productor: lírica forzada, ambientación colorista, torridez machacona. Todo, en Duelo al sol (se debiera al talento de Vidor, de otros directores o al mandato de O’Selznick) respira falta de autenticidad, en una especie de tremenda exaltación de la vida y la muerte que es más petulante que veraz. Lo cual no es óbice, por supuesto, para que esta película resulte un espectáculo impresionante. Ni más ni menos que eso. Como los fuegos artificiales, los Globetrotters y los mejores circos; y sus panteras, que no gatitas.