ALMODÓVAR Pedro (1949-_)

Los abrazos rotos (Los abrazos rotos) (2009: 8.0)

Almodóvar, nadie lo negará, ha ido perdiendo frescura y, por el camino de la madurez estética, ha ido ganando en gravedad, fragmentación y pesimismo.

Los abrazos rotos no es ni tan honda y redonda como Hable con ella o Volver ni tan banal, retórica y maniquea como La mala educación. Los abrazos rotos es un culebrón de prestigio, un folletín intertextual, una obra (otra) sobre la pasión amorosa como motor de la vida y la muerte, más allá de las condiciones sociales o políticas, más allá del costumbrismo, el carácter coral y el seudo-neorrealismo. Acaso por eso, últimamente, Almodóvar guste más a la crítica estadounidense que a la europea. Porque pone al individuo por delante del colectivo, a la persona concreta como ser sujeto a sus pasiones pero independiente de la sociedad.

Los abrazos rotos es un cine sin chispa pero con admirable artificio, en la senda de genios idiosincráticos como Hitchcock, Antonioni o David Lynch (incluso Godard), autores con un mundo estético propio más allá de coyunturas “reales” específicas. En Los abrazos rotos no ha de irse tras la verosimilitud dramática o los aciertos narrativos o la profundidad psicológica. Almodóvar no da coba al más convencional purismo. Su película es desigual en tonos, tramas, tiempos: es un cine dentro del cine, un pasado dentro de un futuro, un amor que podría denominarse, sin más, Pasión, con mayúsculas: éxtasis y tumba, éxito y fracaso.

Es imposible que uno disfrute de Los abrazos rotos durante todo su metraje; o que se identifique “del todo” con ningún personaje. Lo que sí es más posible es que uno se emocione en una escena y al segundo siguiente se sienta defraudado; o que se ría a carcajadas (sobre todo gracias a Chicas y maletas, el cine dentro del cine) para, de inmediato, notar que lo que vemos a continuación “no viene a cuento”.

Este es el Almodóvar último: más reflexivo que nunca, más acaparador de referencias, más artificioso y menos espontáneo, más negro que lo que acostumbraba. Y, al mismo tiempo, escasamente fluido, poco comunicativo, menos hilarante, más irregular e imprevisible. Pero un Almodóvar con un poderío visual (creador de planos, sobre todo) de otro planeta, sin parangón posiblemente con ningún otro director del ancho y globalizado mundo.

Yo opino, humildemente, que el título de la película es clave pues, según Almodóvar, todo abrazo está ya roto desde el momento mismo de su ejecución: porque la otra persona se nos va o mientras nos abraza no piensa ya en nosotros, o nos engaña o no nos quiere tanto como dice, o se nos muere o hasta nos quiere matar y nos mata.

A todo esto, Penélope Cruz está espléndida, mejor que nunca, entregada a una causa que acaso no llegue a comprender en todos sus extremos, circunstancia de lo que salimos beneficiados todos: los espectadores extasiados ante cualquier Almodóvar, autor único antes y ahora, y por muchos años.