HITCHCOCK Alfred (1899-1980)

Vertigo (Vértigo (de entre los muertos)) (1958: 9.5)

Viendo la incomparable Vértigo he recordado algo que decía Miguel Marías en un especial de la revista  Lumière en torno a Filme Socialisme, sobre cómo Godard suele establecer con el espectador una “comunicación primordialmente sensorial, misteriosa y subterránea”.

Pues no de otra manera, creo yo, puede describirse el tipo de comunicación que la fascinante Vértigo (De entre los muertos) parece construir con el observador contemporáneo. O al menos, este espectador contemporáneo.

Vértigo es un prodigio de perfección compositiva, escepticismo emocional, existencialismo hermético y ensayo sobre la obsesión. En especial, esa obsesión milenaria de ciertos hombres respecto de la mujer ideal. Esa que, como Kim Novak, de pronto se materializa, con todo su enigma y distinción, y el hombre débil queda así acorralado y embebido, incapaz de no enamorarse de un ser superior, al mismo tiempo frágil y divino.

Vista en el siglo XXI, Vértigo podría haberse llamado En la ciudad de Novak. Esa búsqueda y persecución de la belleza y misterio femeninos pero, al mismo tiempo, de la lealtad sin trabas. Ay, esa brutal decepción al comprobar que la mujer perfecta no es un atractivo y eterno ángel sino una mortal persona de carne y hueso, con intereses propios y una vida imperfecta más allá del enamoramiento por un hombre maduro y con dinero, nada más pragmático y vulgar.

Vértigo es uno de los mayores estallidos de “irrealidad” de la historia del cine. Del surrealismo más milimétrico y, en realidad, realista: la película entera, con esos colores chillones y formas precisas que parecen “salirse” de la pantalla, es como un sueño, una pesadilla que sueña James Stewart. O acaso el propio Hitchcock.

Viendo Vértigo he sentido que estado viendo, al mismo tiempo, la Belle de Jour de Buñuel y la Repulsión de Polanski, cintas de los sesenta indudablemente bajo el influjo del más amargo Hitchcock. Lo bello y lo repulsivo. He sentido al Rossellini (más vital, menos formalista que Hitch) de Viaggio in Italia, con ese imposible amor detenido. En cambio, Vivir su vida, de Godard, se me antoja como el reverso hitchcockiano con aristas más relativistas y mundanas.

Vértigo es armónica en formas y ritmos, hipnótica en movimientos y fantasía, cruel en su vertiente moral o, simplemente, humana. No hay escapatoria posible frente al Tiempo, frente a la Muerte. El hombre, además, puede tropezar con la misma piedra una docena de veces, en un frustrante y eterno retorno de lo mismo. O de lo parecido.

Y un humilde servidor se pregunta, a principios de marzo de 2011:

¿Por qué el personaje de Stewart no consigue ser más alegre y práctico y disfrutar algo más de la vida? ¿Por qué no se conforma con ese éxtasis (ansiado por tantos) de recuperar a la persona más querida cuando la creía desaparecida para siempre? ¿Por qué ha de humillarla tortuosamente a repetirlo todo de nuevo (la Copia certificada de Kiarostami) y volver al lugar del crimen, a lo alto de la maldita ermita donde la bella Madeleine ya se murió una vez? ¿Por qué ha de ser, el Scottie que interpreta Stewart, tan irremisiblemente orgulloso? ¿Por qué ha de estar tan indignado y ciego y convulso como para arriesgar eso que más había querido, su hermosa e intocable Madeleine?

Coda imbécil. Dicho lo cual, manifestaré sin mayores reparos que la Kim Novak de Vértigo me ha recordado a la cantante Amaia Montero, la de aquel grupo de música español llamado La oreja de Van Gogh. Y no ando tan desencaminado, como he comprobado en Google. Y, de pronto, el espejismo de Stewart se ha vuelto cursi y se me ha evaporado en un segundo. Así es el siglo XXI. El vértigo va por barrios.