SIRK Douglas (1897-1987)

Written on the Wind (Escrito sobre el viento) (1956: 8.5)

El cine de Douglas Sirk es el de un idiosincrático realizador que, más o menos, quiere recordarnos machaconamente que los ricos también lloran. De hecho, teniendo sus necesidades más básicas resueltas, no es anormal que los millonarios empleen casi todo su tiempo libre en alcoholizarse, enamorarse de personas desaconsejables, clavarse puñales por la espalda, complicarse la vida y hablar mal de los otros. Aquellos americanos burgueses de los (en apariencia) apacibles años cincuenta funcionaban como la corrala de vecinos más perros y más cotillas.

Según Escrito sobre el viento, el amor y el dinero son el motor de la vida. No parece ningún dislate. Quizá los que a veces hemos pensado que el arte de Sirk era más glamouroso y banal que inteligente o profundo deberíamos repensar nuestras creencias. Leo al final de un atractivo comentario sobre esta obra de Sirk nada menos que esto: “El cine de Douglas Sirk libera la mente”... Quizá sea una exageración, pero no estoy tan convencido. Lo cierto es que el uso de los espacios, líneas, volúmenes, colores y sombras es brillantísimo y, posiblemente, al cinéfilo despierto le provoquen un intenso placer estético: siempre a un paso del horterismo supremo, siempre al borde del culebrón formalista de risas vulgares y llantos inverosímiles: acaso irónicos, siempre artísticos. 

Por otro lado, algo hay de Hitchcock en Sirk. Pero ni la socarronería habitual del Maestro ni su esmerado suspense ni su cruel hondura humana ni su psicología encuentran parangón en Sirk. A cambio, el melodrama de Sirk, siendo desesperado y febril, tampoco pierde nunca las “formas”, como no las perdía Hitchcock. Cada detalle, cada inserto, cada encuadre es coherente en la estética y es hermoso y, además, nos empuja en una misma dirección, una misma metodología fílmica (como en Hitch).

Escrito sobre el viento acaso sea una soberana tontería, una “frivolité” indefendible, una apuesta de “auteur” para los Falcon Crest  y Dinastía que llegarían veinte años más tarde. Los personajes parecen risibles, puros estereotipos, pero quizá no lo sean tanto. Sí es verdad que es difícil que emocionen o hagan reír, pues ni son auténticos ni son graciosos. Pero insisto que lo más subyugante de Sirk, contemporáneo del pintor Edward Hopper (influencia indudable) y Monarca del melodrama kitsch y obsesivo, el color irreal y el papel cuché es, sin duda, su apuesta estética irrenunciable, cuyo horizonte llega hasta Kar-Wai y Almodóvar o el Todd Haynes de la estupenda Lejos del cielo.

Leo un artículo que apunta a la intencionalidad crítica de la obra de Sirk en relación a la sociedad americana de su momento. Yo esa intencionalidad subversiva no la detecto por ninguna parte… a no ser que consideremos que nuestro Santiago Segura es un nuevo Berlanga tarantinizado, cosa que algunos ya andan diciendo… Como diría O. Tusquets: todo es comparable.

En todo caso, es muy viable, como me ha ocurrido a mí ahora mismo, delectarse ante el fluir sereno de unas imágenes irreprochables y estilizadas sobre unos millonarios obsesionados con ellos mismos: la superficialidad sirkiana alcanza aquí momentos sublimes, como cuando en la última imagen del film la ligera de cascos Dorothy Malone toma en sus manos la torre petrolífera como si fuese un enorme pene erecto, epílogo escueto de su fracaso como malvada de la película. Y símbolo también, seguramente, de la absurda fugacidad de todo proyecto vital y de la tórrida connivencia del amor y del dinero… ¿Debería concluirse, por tanto, que el cine de Sirk sí es más de lo que parece, o lo contrario?