YAMAMOTO Satsuo (1910-1983)

Pen itsuwarazu, bôryoku no machi (Street of Violence: the Pen Never Lies) (1950: 6.0)

No es Kurosawa todo lo que reluce. En 1950 el gran maestro japonés dirigió Rashomon, uno de los hitos de la historia del cine, una de mis películas favoritas. Pero de 1950 es también Street of Violence: the Pen Never Lies, título inglés de una espesa película japonesa (dirigida por Satsuo Yamamoto) que he tenido ocasión de ver en el Círculo de Bellas de Artes de Madrid un viernes de marzo de 2011. Por la noche. Unas veinte personas en la sala. Se respiró aburrimiento. Mi amigo David, en la sala, se echó un par de siestas.

El título es claro en su descripción: por un lado, la violencia en la calle y la ley del silencio (previo a la película de Kazan de 1954); por otro, la abnegada labor de los jóvenes periodistas en una localidad de aquel Japón: sus bolígrafos no mienten. Periodistas, hombres y mujeres sanos, dispuestos a no callarse, a denunciar la corrupción de policías y su connivencia con las bandas de criminales y traficantes. Reporteros corajudos que, encima, no se enrollan con sus parejas hasta después del matrimonio: su decencia es completa y lo admiten en un seudo-juicio que es de lo más interesante del film.

Esta película japonesa no destaca por su sutileza o poder expresivo. No contiene ningún prodigio digno de mencionarse, a no ser que me haya perdido algo por falta de atención (que podría ser). Los personajes son maniqueos y están en dos facciones: en una, los periodistas, chicos jóvenes y de buen ver, valientes, sacrificados y decentes. Que no dudan en publicar en su periódico la verdad sobre Tojomachi, la corrupta ciudad en la que viven. En la otra facción está la mafia (“yakuza”), la policía y los políticos, que son más feos y desagradables y encima se emborrachan. Y son violentos; y alguna chica que aparece (en esta facción) es medio puta. Así, esta gente está envuelta, como decimos, en escándalos de corrupción de todo tipo. “Escándalos” gracias al periódico, pues en caso contrario nadie sabría sobre ellos.

La película es un alegato a favor del periodismo libre. Y a favor de la verdad. Y a favor de la justicia. Que paguen los malos. Que triunfen los buenos. Poco que objetar, en cuanto a su mensaje, aunque viendo cómo está buena parte del periodismo actual, 61 años después de la película, dan ganas de reírse.

Hay secuencias donde participan muchedumbres alentadas por la labor reivindicativa e incansable de un puñado de periodistas que no temen las amenazas de los brutos y que, además, ponen la otra mejilla. En este sentido, uno piensa en parte de aquel cine americano, cuando “the mob” era un personaje más en obras de Capra, Lang o Kazan. “El pueblo”, si se levantaba contra los que mandaban, es porque debía de tener razón… Pero cuidado: la “furia”, como demostró Lang, de ese pueblo, puede ser sinónimo de ignorancia y bruticie, lo que ahora se llamaría una “opinión pública manipulada”. U opinión pública a secas.

Anodino film, en suma, que combina partes seudo-documentales (tipos que hacen de sí mismos, localizaciones realistas) con nulidad dramática y personajes de una pieza. Anodino film que, no obstante, nos invita a ver imágenes curiosas (planos generales casi soviéticos, raptos de violencia) y que contiene la figura de un narrador cuya nítida voz nos deja clara la moraleja. La verdad y la justicia triunfan. Los corruptos dimiten y van a la cárcel…

Viendo el mapa español de corrupción, sobre todo el levantino y andaluz, a la altura de marzo de 2011, es como para echarse a llorar: los corruptos ni dimiten ni se van a la cárcel. Son “winners”. Y de los periodistas, cuyo objetivo máximo es convertirse en columnistas y contertulios (es decir, opinadores de todo), mejor hablamos otro día. El bolígrafo miente más que habla.