POLANSKI Roman (1933-_)

Repulsion (Repulsión) (1965: 8.0)

Ruido. Repulsión podría ser una película muda. Aquellos que mantienen que imagen y sonido son igualmente relevantes en el lenguaje audiovisual, deberían pensárselo dos veces. La imagen sin sonido sigue siendo cine. El sonido sin imagen es… radio. Pese al uso dramático y polanskiano (fomentando el sobresalto) del timbre, pese a la música jazz que acompaña los vagabundeos impávidos de Catherine Deneuve por las calles de Londres, Repulsión funcionaría perfectamente, y con superior misterio, sin sonido. Es de las películas que he visto en que menos se habla. Y eso constituye, por cierto, otro tipo de repulsión: la ausencia de palabras produce malestar, falta de comunicación, ensimismamiento. Deneuve apenas emite palabra alguna. Su rigidez corporal es también verbal. Su imaginación puede con ella. Polanski puede con ella.

Diálogo. La paranoica, expresionista y turbia Repulsión, del joven y talentoso Polanski, dialoga con un pasado reciente eminentemente hitchockiano: Vértigo, Psicosis, Los pájaros, Marnie; con La muchacha que sabía demasiado (Bava), Carnival of Souls (Harvey), incluso El eclipse (Antonioni); con Cocteau (en su aspecto menos esencial, más decorativo); con el Fuller de Shock Corridor o The Naked Kiss; con Buñuel. Repulsión dialoga con el futuro: el Buñuel de Belle de jour o Tristana, el cine del primer Cronenberg (apogeo del malestar y la perturbación físico-psíquica), El resplandor (¿versión masculina de Repulsión?), incluso Cisne negro (por lo que me cuentan). Dialoga con el cine y hasta con la vida de Polanski: Cuchillo en el agua, La semilla del diablo, El quimérico inquilino; la acusación de abuso a una menor, el horrible asesinato de Sharon Tate, etc.

Swinging London. Repulsión dialoga con su presente. Aquel Londres atrajo talentos foráneos, añadidos a los “angry young men” y su “free cinema”, que se derretían con sus (parciales) éxitos. Dos clásicos como Wyler y Preminger rodaron allí películas turbadoras y morbosas el mismo año que Polanski: El coleccionista y El rapto de Bunny Lake: dos truculentos secuestros. Aquella Londres divertida, liberada, cosmopolita fomentó la creatividad audiovisual. El rupturista Antonioni, un año después, rodaría su influyente Blow-Up; el italiano y erótico Brass Con el corazón en la garganta en 1967; Hitchcock volvería a su patria para dirigir Frenesí poco después… Época efervescente, innovadora, irregular, fascinante, aquella Gran Bretaña.

Malestar. Repulsión participa de la literatura de la amenaza de Harold Pinter, que emergió en los primeros sesenta; participa tanto de su teatro (The Caretaker, The Homecoming, etc.) como de sus guiones para Losey (El sirviente, Accidente). Hablando de Pinter, la Academia Sueca que le concedió el Nobel destacó: “…en sus obras se descubre el precipicio bajo la irrelevancia cotidiana y las fuerzas que entran en confrontación en las habitaciones cerradas”. Asunto polanskiano en Repulsión. Las habitaciones cerradas, la casa, el precipicio psicológico. Todo un mundo interior.

Casa. Repulsión es, además de lo dicho, una película de terror con casa encantada y atractiva y reprimida mujer encerrada en su interior. Engancha con la tradición de la novela inglesa (victoriana o gótica) y misógina de la chica encerrada en una mansión que inhibe su sexualidad, lejos del mundanal ruido. La casa protege al personaje de Deneuve del peligroso mundo exterior y, al mismo tiempo, la amenaza con sus propias herramientas: los pasillos mugrientos, la inmundicia de restos de comida, las grietas en la pared, bichos que se cuelan bajo las puertas y agua que se desborda en la bañera, la cama como lugar de ocultación, un cepillo de dientes sucio, un lavabo infecto, un reloj que suena demasiado fuerte y extraños ruidos que llegan del exterior. Repulsión como expresión habilidosa de la perturbación que ocasiona el moderno piso urbano, lejos de la sátira social de un Marco Ferreri. Sin cercanía al campo, el sol y las flores, sin salida natural a ras de suelo, sin jardín, con escaleras siniestras, pasillos oscuros y ascensores tenebrosos, el piso como símbolo (no sólo de propiedad) de la jaula social dentro de ese humano zoológico que es la gran ciudad. Y la guapa y gélida Catherine Deneuve, la pobre, gatita polanskiana (un Polanski sin piedad) que morirá sin sexual ni sentimental consuelo.