SIRK Douglas (1897-1987)

All That Heaven Allows (Sólo el cielo lo sabe) (1955: 8.0)

PELI PORNO. Una madurita Jane Wyman se fija en su jardinero macizo. Es bastante más joven que ella. Está bueno. Y fuerte. Y musculoso. Y muy sanote. Y sonríe. Se llama Rock Hudson (y, fuera de la pantalla, era gay). Ella lo invita a un café en su casa y ya no quiere que salga. Hudson no tiene prejuicios. Se gustan. A él no le importan las apariencias ni lo que diga la gente. A ella sí; y encima sus hijos son repelentes. Él es un jardinero fiel, fornido, sensible y besable. Y de tez morena. Ella es una viuda acomodada de rostro triste que descubre que, quizá, aún hay vida más allá de la superficial rutina. Y Hudson reforma su casa de campo en un periquete: la acondiciona para su Wyman. Nadie sabemos por qué Hudson se enamora perdidamente de alguien como Wyman. De ahí viene el título: Sólo el cielo lo sabe.

SIRK. Con motivo de la muerte de Liz Taylor, escribió Rodríguez Marchante en ABC (marzo de 2011): “A Elizabeth Taylor le habría escrito impecable y elegantemente su propia vida Douglas Sirk, gran estratega y mejor delineante de existencias azarosas, el maestro del melodrama”. Epítetos más que apropiados para capturar la esencia (que es “sustancia”) del cine de Sirk: melodrama, azar, elegancia. El melodrama elegante, hijo del azar que nos gobierna. Y sobrino de la clase social (cursi y esteticista) que nos guarece de la suciedad de los pobres (en “fuera de campo”) y la vulgaridad de los leñadores. Con esas camisas de cuadros.

SÍMBOLOS. Un cine colorista que parece formalista. Un cine que va al grano del melodrama sin descuidar los símbolos (algunos freudianos, otros no). Un cine que bordea el barato artificio pero que es capaz, de manera milagrosa, de no hacer el ridículo. Un cine muy físico que, casi siempre, deja una coda enigmática o simbólica al final de cada escena: las copas de unos árboles, un jarrón roto, unos pájaros, un árbol de Navidad, un imponente ciervo (irreal de tan bello). Ese es el Toque Sirk.

THOREAU. El escritor norteamericano, reivindicado a partes iguales por anarquistas “posh” y neoliberales ensimismados (destruir el Estado, etc.) tiene una aparición estelar en Sólo el cielo lo sabe. Los amigos de Hudson no viven en la ciudad con los burgueses ricos, hipócritas y deslenguados, sino en el campo, entre animalillos y bonitos paisajes. En vez de estudiar en la universidad o vivir del cuento, resulta que los amigos de Rock plantan árboles, son libres y generosos, bailan con alegría y hasta leen. El libro favorito del mejor amigo de Hudson es de Thoreau. Wyman lee un párrafo y se entusiasma porque cree recibir un positivo mensaje de autoayuda.

Y yo me pregunto: ¿Se puede incluir todo esto en una misma escena y no caer en la más espantosa de las caricaturas? Pues sí. ¿Y cómo se consigue? Pues sólo el cielo lo sabe.