SIRK Douglas (1897-1987)

Imitation of Life (Imitación a la vida) (1959: 8.0)

La currante de la película, la criada negra Annie Johnson (Juanita Moore), es enterrada con brillante solemnidad, y en olor de multitudes: un funeral que es homenaje de su jefa, la actriz Lora Meredith (Lana Turner), tras haber estado muchos años a su servicio. Y homenaje del jefe de la película, Douglas Sirk, un director sorprendente y difícilmente reducible a tópicos.

Esa mujer, Annie, al contrario que todos los demás personajes “ficticios” que ansían y sufren en Imitación a la vida, vive el día a día con realismo, pasión y compromiso, sin hacerse más ilusiones que la de conseguir que su controvertida hija “pálida” (para ser negra), Sarah Jane (Susan Kohner), conozca a chicos decentes y consiga una vida mejor.

Es extraña y desequilibrada esta Imitation of Life del estilista Douglas Sirk: carece del carácter redondo y (más) salvajemente visual de obras como El cielo puede esperar o Escrito sobre el viento, pero a cambio es más larga y compleja, y sus meandros narrativos y dramáticos nos dejan muy despistados al final.

La estrella de la película, Lana Turner, termina eclipsada por sus propias ambiciones y por el crecimiento (incluso en la sombra: el fuera de campo y la elipsis) del personaje de Annie, la pobre negra despreciada (aunque amada) por su díscola hija, la pobre negra a la que sólo vemos en casa, en la cocina, disfrutando de una estabilidad no exenta de altibajos (por su hija, los problemas de su ama y su propia salud).

Imitación a la vida es un muy entretenido drama de realidades y sueños, que viene a enarbolar la bandera del famoso proverbio: “cuidado con lo que deseas, porque se podría cumplir”. Es alucinante cómo la actriz Lora Meredith, en el momento en que alcanza la cúspide del teatro (incluso hace sus pinitos en el cine), se percata de que nada es como se imagina y que, básicamente, todo es decepción. Su aprendizaje de la decepción (como en el impagable libro de Azúa) la lleva a darse cuenta (moraleja, moraleja) de que mejor que la ficción es aún la vida. Y, como reza la canción de la película, una vida sin (verdadero) amor es como una (mera) imitación a la vida.

Película rebosante, cursi, rara, frívola o sentida (no lo tengo claro), Imitación a la vida supone un curioso y estupendo contrapunto para otras películas que nacieron en su mismo e histórico año (1959: acaso el mejor año de la historia del cine). Contiene, a mi modo de mirar, uno de los inicios de película más estimulantes, radiantes de color, armonía y formas bellas que recuerdo: esa playa repleta de gente “civilizada”, esa madre con ansias de glamour (se le nota desde el principio) que busca a su hijita entre la muchedumbre; ese doble encuentro, clave en la obra, con el apuesto e ingenuo fotógrafo (John Gavin) y con Annie y su traviesa hijita, unas “homeless” no imbuidas por el arte y el triunfo sino destinadas a la elegante y sirkiana supervivencia.