BORAU José Luis (1929-_)

Furtivos (Furtivos) (1975: 9.5)

En una reflexión soberbia a partir de Winter’s Bone (“De ardillas y niñas”, Cahiers du cinéma España, febrero de 2011), Gonzalo de Lucas arremete contra aquellos cineastas (en este caso, algunos de los llamados “indies”) que, cuando muestran una moneda, lo hacen “con la pretensión de que veamos tal o cual símbolo, una idea estética o un plano brillante”. Y más adelante, apunta cómo el cine “sirve justamente para ver…” que no posa una moneda de igual manera un rico y un pobre. Menos mal: la política.

Furtivos fue un hachazo de cine físico en el declinante franquismo. Una obra que, curiosamente, podía funcionar como símbolo: pero en tanto que película entera, no en función de un esmero por la imagen pulimentada o metafórica con el fin de designar (siempre) otra cosa. Furtivos es una especie de western español, bruto y primitivo, ritual, morboso y elegíaco que acierta, al menos, en tres vertientes: 1) en tanto que radiografía (física y simbólica) del fin de una época; 2) como peculiar e inolvidable historia de amor (¿a cuatro bandas?); y 3) como extraña elegía crítica (si es que tal combinación es posible) sobre unas gentes, unos usos, un país y unas maneras de estar en el mundo.

Furtivos, que se inscribe en un cine rural español de gran predicamento en la Transición Política, descansa en la interpretación portentosa de Lola Gaos: es uno de los más memorables trabajos que he visto. Ovidi Montllor, Alicia Sánchez y el propio director (José Luis Borau) completan un elenco artístico más preciso que precioso. Por fortuna.

Un buen puñado de imágenes irrepetibles nos deja Furtivos, una de las grandes películas españolas de siempre: la escena de la seducción de Milagros (A. Sánchez) a Ángel (Montllor); Ángel abriendo la cajita donde Milagros tenía guardas sus escasas pertenencias; Milagros y su alegre stript-tease en el bosque; la madre (Gaos) oteando la carretera desde lo alto; Gaos con la azada levantada en el campo; Gaos dando patadas a los perros; Gaos andando por la nieve custodiada por su hijo… Estremecedora Gaos, apoteósica Gaos, escalofriante Gaos. Intempestivo personaje digno de Goya en época de tetas y (ya) desencantos.

Película que, por motivos difíciles de explicitar, me emociona, Furtivos bebe en el Saura más fiero (y buñueliano: Furtivos podría verse como un crepuscular remake de La caza) y en el cine norteamerico tanto clásico (y seco) como agresivo y renovador, pongamos que Peckinpah: violencia, traición (la mirada de Ángel a su madre cuando descubre lo que le pasó a Milagros), sentimientos de pérdida y de unos tiempos que cambian para bien o para mal.

Película breve y trágica, cruel y oscura, sociológica, pesimista y política; obra en torno a la libertad, el amor, el sacrificio, la justicia y la familia, lo cierto es que en Furtivos las piernas son piernas, los perros son perros, la carne es carne, el bosque es bosque, el cuchillo es cuchillo. Las viejas generaciones se estancan, resisten o mueren. Las jóvenes huyen, son sacrificados o aguantan el chaparrón. Obra imperfecta, legendaria y maestra.