BERLANGA Luis García (1922-2010)

¡Bienvenido, Mister Marshall! (¡Bienvenido, Mister Marshall!) (1952: 8.5)

BERLANGA EXPERIMENTAL 

¡Bienvenido, Mister Marshall! no es una película tradicional ni clásica, en su sentido convencional y armónico del término. No cuenta propiamente ninguna historia, ningún “plot”, y los personajes no se desarrollan ni se transforman, como reza la teoría. Todo sigue o seguirá igual para ellos en la vida real, ¿por qué mentir en el cine?

La película de Berlanga y Bardem (colaboración en el guión de M. Mihura) es lo que ahora llamaríamos una sucesión de sketches enlazados, aspecto que le da a la obra una estructura fragmentaria, original, yo diría que vanguardista (con influencia expresionista y rusa, además), cercana al absurdo surrealista. Asistimos a una concatenación de estampas (algunas pecan de artificio y teatralidad) que podrían estar sucediendo de manera simultánea, más o menos, aunque es igual.

Las secuencias de los sueños de los protagonistas ocupan una parte capital y larga en el tercio final de la película; según un sentido purista de “lo fílmico”, esta obra berlanguiana no sería equilibrada ni tampoco una narración cohesiva ni de cosido perfecto. Por el contrario, es irregular e imprevisible. Los tres o cuatro números de la cantante Lolita Sevilla tampoco “pegan” necesariamente con el resto, y el ensayo para recibir a los americanos es muy extenso para la importancia objetiva que tiene en la película. Por otro lado, la implacable escena en la que los habitantes de Villar del Río piden su obsequio a los americanos (por intermediación del alcalde), o esa otra en la que José Isbert (el alcalde), con ayuda de Manolo Morán, interpela a los habitantes desde el balcón del pueblo, tampoco añaden, propiamente, profundidad o avance narrativo a la historia. Se trata, más bien, de pequeños cortos cinematográficos insertados por el joven Berlanga con ánimos humorísticos, por obligaciones de la producción o por puro capricho.

Estamos, por tanto, ante una película española irrepetible y singular, que a la vez que muestra una cara folclórica, rural, mísera y realista de nuestro país en los años cincuenta, quiebra las pretensiones de coherencia dramática, verosimilitud narrativa y demás trastos académicos. Incluso se permite el lujo, al principio, de congelar la imagen para permitirle al narrador (la voz de Fernando Rey) contarnos cosas sobre las gentes y lugares del pueblo. Por momentos, por segundos, ¡Bienvenido, Mister Marshall! casi parece estar adelantándose a la frescura traviesa de la Nouvelle Vague.

Película híbrida y siempre original a cada nuevo visionado, ¡Bienvenido, Míster Marshall! bebe buenos tragos de neorrealismo italiano, sobre todo del “rosa” (el de Renato Castellani, por ejemplo), mostrándose abiertamente comprensiva hacia sus queridos personajes (estereotipos). Sin embargo, se reinventa a sí misma en un ámbito más oscuro, ácido y poco complaciente, dejándonos un sabor entre amargo y resignado que sigue teniendo mucho que ver con lo que somos y hacemos (aunque lo disimulemos con pantallitas) en la actualidad (abril de 2011).

SÁTIRA/PARODIA 

Parodia de géneros americanos, del Western, el Ku Klux Klan y la Conquista de América, y hasta con un brochazo de cine bélico (ese avión con… ¡los Reyes Magos!). Sátira de una España ingenua y pobre, sátira de los llamados “poderes fácticos”, sátira de los deseos e intereses de una población bastante ignorante y poco viajada; y sátira de los EEUU y su jolgorio, su “business” y su infantilismo (como se dice en la propia película). Sátira catafórica, por así llamarla, de esos espacios que vendrían a denominarse, en nuestra época, Parques Temáticos: ese pueblo de Villar del Río disfrazándose de típico pueblo andaluz: esos sombreros, esos trajes, ese “duende”, esas canciones. Acondicionando el lugar para los turistas que nos dejarán su dinero.

PARDOS PERO NO BERLANGAS 

No se nos ocurre el nombre de muchos cineastas españoles dispuestos a hacer sátira de la realidad del presente a la vez que experimentan con su medio y se muestran más duros con los poderes fácticos que con el ciudadano de a pie; pues eso hacía Berlanga. Algo así adivino que quizá echaba en falta José Luis Pardo en un artículo reciente (“Días de invierno”, El País, marzo de 2011), cuando hablaba del “escuálido fantasma de la pobreza, tan bien caracterizado por las desventuras de los personajes de Berlanga”. Pardo se refería a Plácido, referente bien lejano: pero será que a día de hoy no contamos con ningún Berlanga en nuestra España de glamour, griterío y videojuego, tan instalados como parecen muchos de nuestros creadores audiovisuales en el Ensimismamiento Boreal, la Neo-Españolada o el Matrix Marshall.