WYLER William (1902-1981)

Wuthering Heights (Cumbres borrascosas) (1939: 7.5)

ISABELLA. En un momento cumbre de la borrascosa Cumbres borrascosas, una desesperada Isabella (Geraldine Fitzgerald) le ruega a su esposo Heathcliff (Laurence Olivier) que, por favor, la mire y la ame, olvidándose del pasado y de su tormentoso y fallido amor con Cathy (Merle Oberon). Isabella le dice, más o menos: “Soy hermosa, soy una mujer, ¿por qué no puedes amarme?”.

ESTABLO. En efecto, Isabella parece el único personaje sensato, a la par que simpático, que habita las románticas tierras de Wuthering Heights. El problema de Heathcliff es, bien lo sabemos, que su obsesiva pasión por Cathy lo inhabilita para cualquier otro tipo de aventura feliz o estabilidad razonable. ¡Pobre Isabella! ¡Pobre Heathcliff! ¡Y pobre Cathy!, incapaz de renunciar a las comodidades que le ofrece su aburrido marido Edgar (David Niven), cobarde para aceptar el origen social de Heathcliff: un “stable boy” (así lo despreciaban), el muchacho del establo.

ROBERT. Estos días ando leyendo las famosas Notas sobre el cinematógrafo, de Robert Bresson (versión española de D. Aragó), y resulta curioso observar cómo Wyler parece contravenir todas y cada una de las normas que se dicta a sí mismo el maestro francés. Cualquier nota que leemos en ese libro (lo abro ahora al azar: “Evitar los paroxismos (cólera, espanto, etc.) que es obligado simular y en los que todo el mundo se parece”, o “Nada de fotografía bonita, nada de imágenes bonitas, sino imágenes y fotografías necesarias”, etcétera) es, justamente, lo contrario de lo que hace Wyler. ¿Bresson y Wyler, dos paradigmas de cines opuestos?

SOLEMNE. Pues sí: como Rohmer y Arthur Penn, más o menos. Como Erice y Urbizu. Pero al contrario que sucede tantas veces en la vida, en el cine no hay por qué elegir de manera restrictiva. Nos puede gustar Un condenado a muerte se ha escapado y Cumbres borrascosas, qué hay de malo en ello. Los radicales purismos no conducen a nada bueno. En todo caso, insisto, abrir el volumen escrito por Bresson y pensar en el cine de Wyler (o, mejor aún, verlo) es un estimulante ejercicio de fresca relativización: todo aquello que escribe Bresson es brillantemente violado por el teatral, artificioso, literario, solemne y psicológico William Wyler.

DIOS. Cumbres borrascosas es muy entretenida y, por momentos audaz, en especial, en la creación de componentes atmosféricos para el más pasional romanticismo: la lluvia, el viento, las ventanas, los espíritus vagando… El amor de dos personas entre sí tiene esos límites: o, al menos, uno de los dos renuncia a sus “otras” ambiciones o taras, o la cosa va a terminar mal, muy mal. Y en este extremismo tan brontiano (de Emily Brontë) es donde Wyler hace su labor con profesionalidad y elegancia, ayudado de un equipo técnico y artístico como Dios manda. Pues Dios manda mucho en estas lides. 

CRISP. No puedo evitar pensar, cada vez que veo al actor Donald Crisp en esta obra de Wyler, que está fuera de sitio. Nunca he sentido que un actor esté tan identificado con una película como Crisp con la fordiana ¡Qué verde era mi valle!. Siempre creo que, en las demás obras, y pese a que cumple notablemente, está como pez fuera de su agua. Fuera de su valle. Fuera de su cine.