BERTOLUCCI Bernardo (1940-_)

La commare secca (La cosecha estéril) (1962: 9.0)

¿Uno de los debuts más juvenilmente arrebatadores de la historia del cine?

No es un disparate: con apenas 22 añitos, Bertolucci demostraba poseer un talento fuera de lo común. Con la extraordinaria influencia de Pier Paolo Pasolini sobre su cabeza y corazón (quien además escribió el argumento de La commare secca), Bertolucci armó su puzzle policíaco imitando la poética lluviosa de las “versiones” del Kurosawa de Rashomon, ensayando movimientos frescos, ritmos casi jazzísticos (y wellsianos como de Sed de mal), proponiendo fragmentadas concatenaciones, motivos musicales y dramáticos repetidos, todo ello tan digno de la más brillante Nouvelle Vague de Godard y Truffaut como del espíritu irredento y crítico del propio Pasolini.

El insultantemente joven Bertolucci enhebra una primera obra que fascina desde el minuto uno y que se apoya, como en muchas obras de su mentor (su Accattone), en los arrabales de la gran ciudad, las zonas oscuras de parques, carreteras, pillos, robos y prostitución, con una serie de personajes que de tan reales no parecen actores, y seguramente no lo fuesen. Chicos y chicas jóvenes y sin rumbo que buscan dinero, amor y diversión, que reclaman para sí una cuota de noble marginalidad alejada de los “mass media” que ya colonizaban las grandes urbes con su publicidad, comercio, ideología y tendencias.

La cosecha estéril no es un prodigio de acabado técnico: se le notan costuras, se le aprecian fallos derivados de la inmadurez (obvia) de su descarado director. Pero a mí todo eso me da igual: el estilo no es la técnica; la personalidad no se resume en universos herméticos y perfectos, ni en relatos coherentes, cohesivos y con moraleja. Bertolucci demuestra más habilidad y alma que la mayoría de directores a esa tierna edad… o a cualquier edad. La commare secca es una atrevida apuesta por la modernidad cinematográfica al tiempo que una propuesta que toma del neorrealismo su interés por la calle, sus conflictos y sus humildes y peculiares proletarios. No cierra los ojos, el imberbe Bertolucci, a lo que ven sus ojos, a lo que hay (de bueno y malo, de sorprendente o nocivo) a su alrededor.

Pero no le basta con capturar esos rostros, esos tipos, esos problemas, esas ilusiones: los capta, los “edita”, los armoniza; les da una estructura cíclica y misteriosa y un aura desesperada, lírica y cruel (esa preciosa música de Piccioni y Rustichelli) y el resultado es una envolvente y emocionante película que para sí querrían tantos y tantos artistas  (¿artistas?) primerizos de la actualidad, obsesionados con que Hollywood “se fije en ellos”. No han despegado, y ya están estériles, lástima de cosecha.