KIESLOWSKI Krzysztof (1941-1996)

La double vie de Véronique (La doble vida de Verónica) (1991: 4.0)

No percibo la asumida “profundidad” de La doble vida de Verónica. Intentaré explicarme.

Por ejemplo, en la tradición del thriller “noir” solía haber un hombre torturado, pero que tenía razones para ello: su vida corría peligro, unos matones le perseguían, debía cumplir con una misión misteriosa o acaso sufría por el amor no correspondido de una mujer fatal.

Pero algunos personajes femeninos que surgen, y con enorme pujanza, en el cine artístico de los años noventa son otro cantar. Pensemos sobre todo en las mujeres de Von Trier (Rompiendo las olas, Bailar en la oscuridad), o en las de Egoyan (Exótica) o Medem (Tierra). En la Holly Hunter de El piano. En las transidas hembras del propio Kieslowski colorista que tocó la gloria: Juliette Binoche, Julie Delpy e Irène Jacob. Hasta llegar a Amélie, cumbre de este misticismo (supuestamente) femenino y (más discutible aún) feminista.

Así, la Verónica que interpreta (doblemente) Irène Jacob está obsesionada (pongamos que) consigo misma. Es una chica muy sonriente, melancólica y especial, sin duda. Guapa y sensible, parece oler aromas que nadie más huele. Sentir emociones indefinibles cuando toca la corteza de un árbol. Creemos adivinar que oye voces allí donde no existen. Y que ve más allá de las nubes. Y responde a casi todo con un “No sé”. Es decir: la chica hermosa y diferente de películas como La doble vida de Verónica se “libera” de los hombres y la sociedad que la atenaza y alcanza una valiosa autonomía, la cual le sirve para… no sé muy bien qué. Acaso para canturrear, mirar por la ventana o caminar ensimismada por la calle. Cosas de ese calibre; y no es un asunto menor: al menos, se libraba de fregar los suelos.

Seré diáfano: no puedo evitar, ante cada estético plano, delante de cada nueva artística maniobra (reflejos, yuxtaposiciones, distorsiones, insertos), frente a todos los personajes (sobre todo, los masculinos: de una pieza) que aparecen en La doble de vida de Verónica, tener la sensación (pues es algo más físico que reflexivo) de que estoy ante un original artificio, ante un talentoso producto hijo de una impostura cinematográfica. E intelectual.

Uno diría que el director polaco, una vez (semi) derrumbado el comunismo y tras conseguir el apoyo financiero de los ilustres franceses, en cierta forma le dio la espalda a su sociedad y sus interrelaciones, refugiándose en la retórica de los sentidos, las (esforzadamente) construidas emociones y la reivindicación de la mujer joven, atractiva y con inquietudes intimistas.

Los énfasis “buenistas” y maniqueos, a partir de ciertas miradas o encuadres (hombre bondadoso/mujer mala, por ejemplo), tampoco ayudan a que mejore mi juicio sobre este cine de Kieslowski, para mí inferior a obras suyas previas como La cicatriz o No matarás, por nombrar dos sensiblemente menos prestigiosas que La doble vida de Verónica o Azul. Y también menos artísticas: ojo con el arte.