ALTMAN Robert (1925-2006)

Cookie's Fortune (Cookie's Fortune) (1999: 3.0)

Dándole la vuelta al título clásico de Billy Wilder The Fortune Cookie (En bandeja de plata), un ya veterano Robert Altman diseñó en 1999 Cookie’s Fortune como una de esas historias suyas corales (muy pendientes de un enredado guión), con varios personajes en acciones paralelas y un destino o intención común para todos ellos.

A veces, como En el juego de Hollywood, su repetida estrategia le ha salido perspicaz, aguda, ingeniosa.

Otras, como en Cookie’s Fortune, bastante desastrosa. Es curioso: sus dos siguientes películas, El doctor T y las mujeres y Gosford Park, serían mucho mejores. Acaso fuese un deficiente y relamido guión el que perjudicara la suerte de Cookie’s Fortune, ya que (insistamos ahora fuera del paréntesis) el cine de Altman siempre se ha fundamentado en la habilidad (previa, por tanto) del guionista para ensamblar una historia aguda y original. Sin un gran guión, Altman es poca cosa.

Todo es artificioso y teatral en esta película. Empezando por las interpretaciones de tan famosas actrices: Glen Close, Julianne Moore y la anciana Patricia Neal sobreactúan de manera chillona. Los jóvenes Chris O’Donnell y Liv Tyler hacen lo que pueden (que no es mucho). Acaso sólo se salve de la quema Charles S. Dutton, cuyo personaje (además de ser positivo) le permite unas buenas dosis de sentimiento que no parece demasiado fingido.

El problema de Altman, incluso cuando la jugada le sale bien, es que raramente da la impresión de ser un gran autor de cine: no tiene una personalidad suficiente para plasmarla en una puesta en escena misteriosa o un ritmo idiosincrático. Cookie’s Fortune descarrila desde su mismo inicio, nada excitante, y toda la película parece un muy esforzado catálogo de anticlimax.

Todos los elementos supuestamente característicos del director, como el retrato de personajes egoístas y (asumidamente) complejos, como un aroma mórbido y corrosivo, como cierta América profunda que no cambia nunca, algunos rituales yanquis que podrían ser criticables (o no), o la pintura sociológica con choques familiares, sociales, raciales o generacionales, se diluyen en una torpe impostura dramática y una deriva narrativa. La película carece del ritmo acertado y de cualquier asomo de hondura o autenticidad.

En resumen: aunque juegue con los títulos, Altman no supo ser un moderno Billy Wilder, tampoco la versión americana de un Claude Chabrol y, menos aún, la vertiente veterana y profunda de los hermanos Coen, que sí saben reírse de sus propios guiones.