ALLEN Woody (1935-_)

Midnight in Paris (Midnight in Paris) (2011: 9.0)

1. ¿Es viable realizar una postal cinematográfica sobre París incluyendo todos los tópicos culturales existentes sobre la capital de Francia, y no hacer el ridículo?

Sí y sí: pero sólo Woody Allen conoce las palabras mágicas.

Entro en la sala escéptico ante el éxito apabullante de Midnight in Paris entre el público español. Como ha escrito Elvira Lindo (junio de 2011, El País Domingo): “hay personas que no quieren rebajarse a que les guste lo que gusta a una mayoría”. Con ese ánimo y ese prejuicio me predispongo a ver la última de Allen. A los diez minutos, estaba sonriendo sin ninguna culpa, gozosamente fluyendo entre postal y postal de este París (ya) inmortal de Woody Allen.

2. ¿Es recomendable utilizar un recurso de la ciencia ficción, el clásico “viaje en el tiempo”, desde el 2010 al París de los años veinte (Picasso, Hemingway, S. Fitzgerald, etc.), sin hacer uso de ningún efecto especial, y sin ningún complejo?

Sí y sí: pero el único que sabe hacerlo se llama, curiosamente, Woody Allen.

Como explica Jonás Trueba en su estupendo blog (El Mundo, junio de 2011): “el recurso es tan sencillo que provoca risa y emoción”. Se refiere a cómo el personaje principal (Owen Wilson) se sube en un coche tirado por caballos y viaja en el tiempo. Con una naturalidad a prueba de bombas, más seguro de lo que se trae entre manos que nunca antes, Allen se adentra con ese protagonista en aquel París legendario y nos muestra que cualquier tiempo pasado no tiene por qué haber sido ni mejor ni peor. El mito es de ingenuos.

3. ¿Es conveniente, en una película de Woody Allen, cederle el protagonismo al (habitualmente) infame Owen Wilson, rodearlo de chicas atractivas, observar París con la mirada superficial del turista (que somos todos) y, a la postre, ofrecernos un final más bien banal y esperado, otra postal más de la ciudad más famosa del mundo?

Sí y sí: pero para salir victorioso de tal envite, hay que ser Woody Allen.

Señala Javier Cercas, en un artículo llamado “La edad de oro” (El País Semanal, junio de 2011), cómo hay críticos prestigiosos del presente que desprecian desde hace años, y de manera ya absoluta, a Woody Allen. Hay críticos que no es que no lo consideren un genio sino que creen que su época pasó, que ahora ya no pinta nada: que se ha vuelto decadente, ha perdido oído y ya no sabe lo que pasa “en la calle” (pero no dicen de qué calle hablan). Le doy la razón a Cercas; como él expone, nos hemos acostumbrado con tan grata facilidad a ser vecinos, contemporáneos de un maestro del cine ligero y profundo, romántico y humorístico que ya no le damos importancia a esta maravillosa coincidencia. Y algunos, incluso, echan pestes. Están en su derecho: sólo espero que, en unos años, no escriban artículos diciendo: “yo nunca dije que Allen hubiese muerto tras Deconstructing Harry…”. ¡Ay amigos! ¡Y ya llovió!

Tras la preciosa, armónica y estrafalaria Midnight in Paris, salimos del cine mi chica y yo. Hace sol, cielo azul, calor veraniego; caminamos por la acera sin hablar, nos miramos de reojo, alegres, pensativos y serenos, nos sentamos en una terraza y, justo antes de que la camarera se acerque a nuestra mesa, ella me pregunta feliz, esperanzada y sonriente: “¿Te gustó?”. Y yo, como Woody Allen manda, le respondo con un romántico beso.

Una cerveza fresquita es la guinda del pastel. Que el pastel no se acabe nunca.