OLIVEIRA Manoel de (1908-2015)

Vale Abraão (El valle de Abraham) (1993: 7.0)

Algunos espectadores considerarán que el cine de Oliveira tiene caspa. Que es, por cierto, lo que le echa en cara Ema, la protagonista de El valle de Abraham, a uno de los muchos hombres que la cortejan y la desean. Y quizá tengan razón, esos sencillos espectadores. Cómo os entiendo.

Otros aficionados al cine (con los que no son aficionados no podemos, a propósito de Oliveira, contar) pensarán que películas como Vale Abraão son demasiado largas (3 horas y cuarto), aburridas, acartonadas, anticuadas y lentas. Y no les faltarán motivos.

Y aún algunos cinéfilos habrá en este mundo que sientan que este cine de Oliveira es de una distinción, una solidez y una amplitud enteramente admirables. Los comprendo también, sin lugar a dudas.

El portugués Oliveira se puso de moda en el circuito festivalero, por así decirse, con El valle de Abraham, a mediados de los años noventa, cuando ya superaba de sobra los ochenta años. Al menos, esto que sirva de lección a los que quieren llegar rápido a todos los sitios, y cumplir objetivos como alma que lleva el diablo.

Oliveira, con El valle de Abraham, hace una especie de extenso cuento moral, como de Rohmer, pero con la reflexión premiosa y la analítica pausa flaubertianas, que son su obvia inspiración. Oliveira guarda, así mismo, semejanzas con motivos dramáticos favoritos de Buñuel (la insatisfacción, el sexo: el desinterés no existe), pero al contrario que el mejor de los directores españoles, al portugués le falta precisión, ojo clínico, mala uva y más humor. Humildemente opino.

Oliveira a contracorriente, Oliveira contra viento y marea, Oliveira al margen de todo. Con un ritmo narrativo, una manera de plantear los conflictos dramáticos y una narración en “off” tan idiosincráticos, es difícil encontrarle discípulos (menos aún que maestros). Por ejemplo, en ninguna otra película he oído a un narrador contar “tanto” la historia, el guión: y, sin embargo, no es que sobren las palabras porque explican en exceso la película sino que, por el contrario (y no quiero pecar de mentecato), a veces parecería que lo que sobran son (ante palabras tan bellas, literarias y salmódicas) las propias imágenes…

El año en que Oliveira dirigió El valle de Abraham, las películas más exitosas en la cartelera occidental fueron obras como La lista de Schindler, Philadelphia, Parque Jurásico, El fugitivo, La tapadera o Lo que queda del día. Nada que ver (ni siquiera la de Ivory, más preciosista, menos detallista, más “humana” y comprensible) con el arte inmortal, atemporal, descomunal, verbalizado hasta la extenuación y estrafalario de Oliveira. Este director, un perro verde, que parece que realizara un cine a imitación de la novela decimonónica pero que, a la vez, va incluyendo indudables toques modernos (incluso posmodernos) en forma de comentario sociológico, digresión resnaisiana o nota político-freudiana.

A mí El valle de Abraham, por (largos) momentos, me provoca somnolencia, qué puedo decir; pero a ratos admiro la ilimitada perseverancia de Oliveira en apostar por un modelo cinematográfico tan riguroso, puro, incontaminado. Escenas como la de Ema (Leonor Silveira) con la criada Ritinha (Isabel Ruth), cerca del final de la película, revelan a un cineasta esencial, único, primitivo: un lúcido titán que entiende al ser humano en todas sus facetas. Y la flor y el abrazo derrotan, finalmente, a la caspa.