ABRAMS Jeffrey Jacob (1966-_)

LOST (PERDIDOS) (2004: 9.5)

Con sobrecogedora sencillez en las superficies narrativas y a través de sutiles intríngulis dramáticos, Abrams logra con Lost una grandiosa ceremonia de suspense: una ceremonia televisiva con connnotaciones sociales, humanas, políticas y filosóficas, y tan estrafalaria como compleja y fascinante. Un homenaje contemporáneo a la confusión y  la paranoia existencial.

Individuos perdidos, en el espacio y en el tiempo. Una sociedad en una isla, supervivientes (improbables) de un accidente aéreo. Individuos que, una vez salvados y en tierra firme, se muestran, se miran y ocultan; actúan, hablan y callan. Se acostumbran, como pueden, a una nueva vida. Se soportan, crean vínculos o hacen amistades; se organizan, se ensimisman o conservan la esperanza de ser rescatados. ¿Se empieza de “cero” en un contexto completamente distinto? ¿Se suspende el pasado cuando se crea una nueva sociedad?

¿Por qué estaban ellos, y no otros, en el avión siniestrado? ¿Qué ocurre en esa isla? ¿Dónde está, dónde están? ¿Es solamente una isla o es algo más? ¿Cómo es posible que aparezca un oso polar por allí? ¿Es un paraje no sólo geográfico sino mental? ¿Y qué hay de esa insólita y terrorífica presencia que se mueve dentro del bosque? ¿Y quién es el prisionero, y quién es realmente de fiar, y por qué hay una pistola…? ¿Quiénes son los tradicionales “buenos” de la película, si es que los hay? Y cientos de cuestiones más.

Apetece, y mucho, hacerse preguntas tras ver con un retraso de bastantes años (en julio de 2011) los dos primeros episodios (“Piloto 1” y “Piloto 2”) de Perdidos, una de las series más famosas y, ya me atrevo a añadir, asombrosas y mejores que han existido.

Lost es muy inquietante, impredecible, amenazante; una fórmula con reglas que se diluyen en su propia lógica interna, una fórmula que se reconstruye a cada momento: una fórmula, en cierto sentido, que atenta contra sí misma en tanto que patrón estructurado y reconocible. Una serie misteriosa en función de su propio armazón cronológico (el inasumible presente y el pasado en “flashbacks” individualizados) y espacial: una isla como tenebrosa chistera de mago todopoderoso y juguetón. Misteriosa por los comportamientos de sus personajes (ellos son puro “behaviour”), a quienes vemos fuera de su hábitat normal (el cual desconocemos), peces sin su agua habitual, personas atareadas en el oficio de acostumbrarse a una realidad espacial y temporal de la que se desconoce todo: no se sabe si será breve o extensa, si será como la isla de King Kong o la de Parque Jurásico, la del Dr. Moreau o, “avant la lettre”, será Pandora en Avatar. La beatífica y monocorde de aquellos Robinsones Suizos, eso está claro que no...

Abrams conquista en Lost un territorio audiovisual entre kafkiano y apocalíptico, a medio camino entre Lynch, Huxley, El Arca de Noé y El señor de las moscas, entre la distopía posmoderna, el extrañamiento occidental y la banalidad rutinaria de los “reality shows” como Gran Hermano o, por supuesto, Supervivientes. Abrams aterriza como sublime extraterrestre en el lugar donde el cine de catástrofes se da la mano con Antonioni, allí donde el relato de aventuras se combina con la mirada clínica de Hitchcock; un no-lugar en el que la clásica historia de Robinson Crusoe (en versión colectiva y globalizada) viene cargada por un toque surrealista como de Magritte; allí donde Spielberg medita sobre Buñuel y El ángel exterminador, el enigmático lugar donde el terror ante lo desconocido se enlaza con la fascinación ante el fantasma de la libertad. Como si el temible teatro de Harold Pinter hubiese abandonado las cuatro paredes y se hubiese instalado en una metafórica, abstracta y amenazante isla post 11 de septiembre.

Cada minuto de Perdidos demuestra, a medida que nos sorprende y nos va dejando sin aliento, que cada individuo es una isla (o La posibilidad de una isla, que diría Houellebecq) y cada sociedad una desequilibrada red de intereses, miedos, secretos, atracciones y fragilidades. Pero, ¿y la bondad?, ¿y la justicia? ¿Nos sirven esos conceptos o ya no?

Lost consigue casi lo imposible: que una serie televisiva me deje el ánimo turbulento y que me apetezca muchísimo (con retraso, qué le voy a hacer) navegar más por sus aguas revueltas y resbaladizas: imágenes que son estilizados y herméticos interrogantes.