FORD John (1894-1973)

The Quiet Man (El hombre tranquilo) (1952: 10.0)

Acaso un remake en verso libre de la maravillosa ¡Qué verde era mi valle!: elegía por el lugar perdido y por la infancia, por el sentido de pertenencia y la camaradería.

Elegía en torno al amor verdadero, brindis por la naturaleza en plenitud y la alegría contagiosa. Elegía fordiana por excelencia pero, insisto, en verso libre: de cariz experimental, es más poema que narración y, en este sentido, importa menos el drama que el aroma y las canciones y la nada ortodoxa historia de amor y los raptos de libertad (Wayne y Mauren O’Hara en bicicleta).

Como señala José María Carreño en su excepcional crítica (una de las mejores que he leído nunca; en el Diccionario de películas del cine norteamericano):

 

Ford nos invita a acompañarle en el placer de mirar, tentación esencial del cine, y el secreto de su maestría es un don intransferible que pocos creadores alcanzan: la difícil facilidad, la compleja sencillez, la elaborada naturalidad, el refinado primitivismo.

 

A ratos, como también sugiere Carreño, toda la película parecería una celebración entre amigos que se quieren, se respetan y se lo pasan muy bien juntos. Por momentos, se diría que la película, en tanto que “plot”, pasa a un segundo plano, superada por el placer que sienten y manifiestan estos actores y su Papá Ford y el resto del equipo técnico, un placer por estar juntos, trabajar juntos, beber y cantar en buena compañía, un placer por interpretar unos papeles que se parecen mucho a ellos mismos.

Instantes como el plano de Sean Thornton (Wayne) en el puente desde el que se divisa Innisfree, la primera aparición (nunca mejor dicho) de Mary Kate Danaher (O’Hara), el beso apasionado entre Thornton y Mary durante la tormenta, o la pelea fastuosa e interminable entre Will Danaher (Victor McLaglen) y Thornton provocan una intensa emoción y perduran en la retina de cualquier cinéfilo (que realmente lo sea).

El hombre tranquilo es tierna y divertidísima, nostálgica y ritual, idealista (recuerda a un musical naif como Brigadoon) y muy moderna. Obra cumbre de un clasicismo, en fin, relativo pues… ¿es tan “clásica” El hombre tranquilo? Su estructura no es armónica sino gozosamente desequilibrada. Los actores no se esfuerzan en hacer de otros sino que, básicamente, hacen de sí mismos (como los gigantes Ward Bond, Barry Fitzgerald o Arthur Shields). Es una obra al mismo tiempo relajada (como el cine de McCarey) y febril. La conmovedora música de Victor Young, por momentos, es más poderosa que el drama o conflicto y sublima las imágenes que vemos, que parecerían que provienen de un lugar inexistente o divino, imágenes tan bellas e irreales que se diría que nunca han sido rodadas sino que son una perpetua presencia onírica…

Por supuesto, habría abundantes puntos de interés si se quisiera analizar El hombre tranquilo: temas conectados con Irlanda y sus tradiciones, con mitos literarios, con la relación hombre-mujer que se pone en liza (mucho más compleja de lo que aprecian los brutos machistas o las feministas radicales), con la picaresca, la liberación femenina o la humillación masculina, con el significado de la valentía o la definición de matrimonio. Por todo ello, recomiendo que se busque la crítica de José María Carreño que, repito, es extensa y extraordinaria.

Por mi parte, no puedo más que admitir que El hombre tranquilo es mi tercera o cuarta película favorita dentro de la fabulosa carrera de Ford (tras How Green Was My Valley!, Las uvas de la ira y, quizás, El hombre que mató a Liberty Valance). Es, además, la mejor película del año 1952, junto con Cantando bajo la lluvia. Es una de las mejores interpretaciones de Wayne y una de las encarnaciones más asombrosas (en cuerpo y alma) de la historia del cine. Y compone una de las historias de amor más originales, enérgicas y (pese a todo) hondas que he visto. Y, por último, comparte con el público un elenco de actores secundarios acaso nunca presenciado, pura espontaneidad, complicidad e inspiración, y, como se dice ahora (¡casi 60 años después de su rodaje!), buen rollo. 

Homenaje a Irlanda, tributo al séptimo arte y a la (compleja) alegría de vivir, The Quiet Man es tan lírica como la película más lírica y tan vital como la obra más vital. Y contiene un triple reivindicación: de la camaradería (nada de la artificiosa “cohesión social”), de la comunidad (en época tercamente individualista como la nuestra) e, incluso, de la justicia (poética y de la otra). Una triple reivindicación que no debería pasar desapercibida. Obras gloriosas como El hombre tranquilo justifican por sí solas la consideración artística del ya polvoriento cinematógrafo.