DE PALMA Brian (1940-_)

Scarface (El precio del poder) (1983: 8.0)

MIAMI. Imposible no recordar que un año después de este Miami tan ostentoso, bello, narcótico y peligroso que construye Brian De Palma en Scarface, nació la exitosa serie televisiva que en España se llamó Corrupción en Miami (Miami Vice), que justamente retomaba esos cuatro elementos (esos adjetivos) aunque de manera más frívola y menos talentosa que la influyente película.

FEVER. Imposible no acordarse, vaya, de Fiebre del sábado noche (Badham), la irregular película de culto que un lustro antes de Scarface catapultaría a Travolta al estrellato gracias a su atractivo personaje bailarín e hijo de inmigrantes italianos en los EEUU. Curioso: pese a todas las diferencias obvias que puedan encontrarse entre Saturday Night Fever y Scarface, llaman la atención las similitudes. Por citar sólo tres: el carácter tremendamente insultante y soez en la forma de expresarse de los personajes, el machismo desopilante y latino de los machos protagonistas, y la atracción fatal por la apariencia, la irresponsable libertad, el lujo y la gomina, a la que tanto Tony Manero (Travolta) como Tony Montana (Pacino) aspiran cada día de sus vidas.

DURA. Partiendo de El Padrino y del Scarface de Hawks (pero muy lejanamente), y añadiendo un perfil más canalla y macarra, más violento, descreído y posmoderno, con El precio del poder (y con perdón) Brian… se empalma. Al igual que Tarantino ha admitido que quiere hacer películas de “señor de polla dura”, De Palma también debía de pensar que la hierba crecía demasiado despacio en las obras de Rohmer, así que nada como la adrenalina, los asaltos verbales y físicos, y el poder de la imagen como imán y ciclón para espectadores modernos. De Palma, insisto, se empalmó y su orgasmo fue turbulento y hortera, tan kitsch como indudablemente potente. Imposible aburrirse con Scarface, de ninguna manera; otra cosa es que uno piense (y con razones) que le sobran veinte minutos.

PODER. En todo caso, ¿cuál es el precio del poder? Pues acaso la muerte espectacular y grandilocuente (un adjetivo muy De Palma) del gángster que encarna Al Pacino, un cubano que trepa socialmente en aquel Miami a costa del mercado de los drogas y los asesinatos. ¿Y ser anti-comunista para esto?, nos preguntamos. Algo que, seguro, también se preguntó Oliver Stone mientras escribía el estupendo guión que se adivina tras las furiosas imágenes de Scarface.

GÁNGSTER. De Palma no se corta un pelo. Su propuesta contiene audacia y argucias visuales estratosféricas, y su estilo abarcador, habilidoso y manierista construye el mito de un gángster tan bruto como glamouroso y atractivo, a la medida de los tiempos. ¡Cómo nos gustan los malos guapos, macarras e impredecibles!

SIN AMOR. Llama la atención que no se atisbe ni un gramo de felicidad, complicidad o placer entre el celoso personaje de Pacino y el de la gélida, drogada y guapísima Michelle Pfeiffer. Nuestro antihéroe no sabía ser feliz y disfrutarlo. Pero, en cambio, aprendía a ser moderno, temible y poderoso mientras a su alrededor, o bien se le rendía pleitesía, se le tenía pánico, o se deseaba aniquilarlo como fuese…

RAMBO. La secuencia final convierte al Tony Montana de Pacino en el Rambo de Stallone (First Blood es de un año antes), ametralladora en mano, defendiendo su horrendo y cursi palacio y su estúpido orgullo hasta la muerte final…Otro ser brutal e incomprendido, como John Rambo... En lugar de estar entre rejas (en un mundo normal y justo), Rambo y Montana gritaban libertad...

CAPITALISMO. Sabemos que los mitos viven deprisa, mueren jóvenes y dejan bellos cadáveres, pero… ¿ser capitalista para esto?, nos preguntamos con el astuto Oliver Stone.

 CHISTE. Se abre el telón y aparece mi madre fumando marihuana. En el segundo acto, sale mi madre esnifando cocaína. En el último acto, mi madre se inyecta heroína. ¿Cómo se llama la serie de televisión?

Obvio: Corrupción en mi Mami. ¡Para partirse!