FASSBINDER Rainer Werner (1945-1982)

Die bitteren Tränen der Petra Von Kant (Las amargas lágrimas de Petra Von Kant) (1972: 6.5)

Se asume que una manera de saber a ciencia cierta (es decir, sin ciencia de ninguna clase) que un señor es artista, o un gran artista (con una visión personal del mundo, etc.), es poder reconocerlo con sólo atisbar un centímetro de cualquiera de sus obras. Si esto es así, entonces Fassbinder fue un gran artista del séptimo arte. Y, venga el ejemplo, Virginia Woolf de la literatura. Pego un parrafito de esta última (de To the Lighthouse):

 

Purposely, however, for she had it on her mind that Lily, who had helped her with Mr Tansley, was out of things, she exempted her from the rest; said “Lily anyhow agrees with me”, and so drew her in, a little fluttered, a little startled. (For she was thinking about love.)

 

Woolf a tope: cualquier aficionado a la literatura en lengua inglesa sospechará, tras leer estas tres líneas, que se trata de un pedazo de Virginia. Esas subordinadas, esos matices sentimentales, ese sutil “anyhow”, esa Lily, el tal Mr Tansley, esa repetición de “a little”, ese paréntesis concluyente pero mero punto y seguido.

Imagenemos ahora un dormitorio congelado: suelo alfombrado, pared empapelada con señores desnudos y semi-míticos, una señora tirada y sosteniendo un vaso (de ginebra), los ojos llorosos posados sobre la alfombra, pose dramática. Colores chillones. Fassbinder, claro.

Escenas largas como un día sin chorizo, amaneramiento visual, teatro enfático y orgulloso de serlo. Ropajes y collares sacados del glamouroso baúl de los recuerdos, las mujeres preocupadas, irritables y hasta irritantes hablando durante minutos y minutos de sus sentimientos, lanzándose puyas, apuñalándose en el pecho, insultándose y diciéndose que se aman. Entre persianas y pósteres, maniquíes y alfombras, espejos y teléfonos, pelucas y tocadiscos, muñecas, revistas y máquinas de escribir. La ya decadente cultura popular. La cultura de masas amasando a los individuos. Las individuas. Infelices, ellas. Explotadas y explotadoras. Esclavas y esclavizantes, todas ellas. La dependencia, a la que no se mete mano con una ley. Una protagonista, Margit Cartensen, se parece al joven David Bowie. La otra, Hanna Schygulla, tira más bien a la joven Madonna, la de “True blue, baby I love you”. Fassbinder, más que Fassbinder, estás hecho un Fassbinder.

Los polos de la vulgaridad y la sofisticación se tocan, como los extremeños. Pero tan lejos, el provinciano Badajoz, con perdón, del insólito, urbano y subrayado arte alemán de Fassbinder. Los polos de lacerante sinceridad y cínica impostura confundiéndose, confundiéndolas. Confundiéndonos también: a ti y a mí, chatín. Puro, esto es, impuro Fassbinder. Alcohol, melodrama, puta o enamorada, lesbiana o bisexual o jugadora o puta, de nuevo; mujeres en pos de su libertad, esclavizándose de otra manera, y acaso no haya otra forma de ser libre.

Fassbinder, tan cerca de Bergman como de Paul Morrissey (el de Trash, el de Flesh, el de Heat); Cassavetes y Almodóvar, algún Cukor y Ozon. Y Genet, nada genético (lo social, lo social). Y la joven decadencia de los que dejaron un bonito cadáver. Más o menos bonito.

Posdata: pensándolo bien, un centímetro del Pop (ay, qué pop) de Roy Lichtenstein es perfectamente reconocible, pero me seguiré negando (pese a Marjani Satrapi y su maravilla de Persépolis) a considerar gran artista a un diseñador de viñetas y burbujas. O a Mecano y su “Hawai-Bombay”. Así que ya no sé.

Pero algo sí sé: seguiré temiendo a Virginia Woolf.