FELLINI Federico (1920-1993)

I vitelloni (Los inútiles) (1953: 9.0)

En las primeras páginas de Fellini por Vilallonga, escribe este último el siguiente retrato del director italiano (mis “negritas”):

 

Federico Fellini cuenta como se contaba antes. Pausadamente. Con embeleso. Tiene gestos que abarcan el mundo entero y miradas sesgadas que utiliza para esconder su corazón. Son los gestos y las miradas de un mago hipnotizador o las de un trágico desengañado burlándose amablemente del alcance real de su relato.

 

Acaso no haya palabras más apropiadas para encapsular a Fellini. Al primer Fellini, el de I vitelloni, por ejemplo. Y es que estaremos casi todos de acuerdo en que, a pesar de su superior reputación y popularidad cinéfila, cintas como Ocho y medio o Satyricon ya no contienen ni el embeleso ni la mirada sesgada, ni la hipnosis ni la tragedia burlona, ya que el “alcance real” de un relato siempre es menor del que el autor, ¡el Autor!, esperaba (mejor siendo humildes, incluso Fellini). Eso Fellini lo sospechaba o sabía; pero en películas como Ocho y medio y Satyricon se regodeaba, lo que encuentro infame en un artista. Incluso cuando se llama Fellini.

Hay, sobre todo, dos aspectos que me han encandilado en Los inútiles. El primero está relacionado con ese embeleso o ilusión o alegría por disfrutar con lo que se hace. Embelesarse es perderse de sí mismo, un disfrute que evita desperdiciar demasiado tiempo en consideraciones sobre la mala sombra que nos ha tocado en suerte. Invita, en cambio, ese embeleso, a buscar y encontrar el lado positivo, la luz, no necesariamente amable, y mirar hacia adelante. Como hacen sus inútiles, pese a todo: compáreseles con otras pandillas de hombres que el tiempo nos traería decenios más adelante, los de Peckinpah en Grupo salvaje, los de Kubrick en La naranja mecánica, los de Tarantino en Reservoir Dogs: degenerados o atrapados por la violencia ciega y luego por el perfume embriagador de saberse publicistas de sí mismos. Sin risas, sin ilusión, ratonera “coolness”.

Hablamos también del narrar de Fellini, su arte de contar, como escribía Vilallonga, sin prisa, con pausa, desentrañando un mundo que le resultaba próximo, el de los “vitelloni” (vividores que no pegan un palo al agua; señoritos en horas bajas; inútiles expertos en el ocio, la relajación y la sorna). Al mismo tiempo, inyecta un aura de espumoso optimismo, gracioso sentimentalismo y ligera hondura a lo que, mientras cuenta lo que cuenta, está también parodiando.

Pero no: parodia es un término inexacto, injusto. Mejor digamos descreimiento, escepticismo o, de nuevo repitiendo las perfectas líneas de Vilallonga, desengaño. ¿Con qué? Pues con las excesivas ambiciones o consignas o mensajes políticos. Desengaño respecto a cambiar el mundo; ni ganas sentía Fellini de reflejarlo de manera verídica, como pretendían los neorrealistas.

Lo cierto es que este Fellini casi parece encuadrarse en un punto intermedio entre el neorrealismo negro y el rosa. Al que añade el toque, pero es mucho más que un somero “toque”, es más un estilo, el Estilo Fellini: esa espuma ya mencionada, unas burbujas que la vida contiene, aunque, desde luego, se pueda decidir que es preferible no enseñarlas por aquello del purismo realista. Un purismo que en ocasiones omite una realidad que también existe “en la realidad”, que no es producto de la imaginación: la realidad no es sólo lo que se ve sino también lo que se adivina “entre líneas”, que es lo que permite que esa realidad se transforme (para bien o para mal). Pues la realidad, pongámonos filósofos (como hace Fellini, sin creérselo del todo), no es sólo el Acto de ser sino la Potencia que anda semioculta a la espera de estímulos apropiados. Demasiada realidad.

En resumen, en este punto, destaquemos que dos de los “inútiles” protagonistas de este cuento maravilloso de Fellini deciden robar la escultura de un ángel, que luego tratan de vender en conventos y abadías, hasta que son cazados y ridiculizados por su nada heroica acción. El ladrón de ángeles, sería la película del neorrealismo espumoso de Fellini. Para qué una bicicleta cuando podemos ser más artísticos e ingenuos y febriles, para qué una bicicleta, artilugio útil, infantil y funcional. Mientras, la escultura de un ángel para nada sirve sino para el éxtasis resultón o para la incierta esperanza de una venta religiosa o estética.

El otro aspecto que me ha dejado sumido, que no sumiso, en una efervescencia felliniana y, por tanto, vital, es lisa y llanamente la libertad que se respira y se desprende por los poros, los sudores y los temblores de Los inútiles. Una desenvoltura en el rodar y el montar, en el movimiento y actitudes y aun reacciones emocionales de los actores que se me antoja predecesora de la Nouvelle Vague.Con una diferencia: el Fellini de I vitelloni, frente a fellinis posteriores más elevados y encantados de haberse conocido (algo así como meta-fellinis en una nube de genialidades fellinianas a la carta), no renuncia sino que reivindica ese sudor, esos temblores humanos. El elocuente baile repentino, por ejemplo, como haría luego Godard, se le ocurre a Fellini de manera más espontánea y expresando una alegría “real”. Y se advierte una conmovedora ráfaga cinematográfica en ese niño currante que ve a los “vitelloni” treintañeros holgazanear y tomarse la vida a la ligera mientras él ya se la gana con responsabilidad y esfuerzo. Un niño que habla con uno de los inútiles (el que al final emigrará de la población rural, huyendo de los placeres y los días de segunda fila), sentados ambos sobre un banco, se hace amigo suyo; un niño que camina, tembloroso, por la vía del tren al final cuando su amigo adulto ya se ha ido. Y sonríe, inconsciente y celestial.

Una película que me ha emocionado, me ha hecho vibrar, reír, sonreír, casi llorar. Fellini: seguramente un vividor, poseedor de un carácter italiano dado al insaciable ditirambo y al melodrama tragicómico. También dispuesto a apurar cada minuto de vida, y de celuloide, como si fuese un buen vino. Un “carpe diem” que no esconde los malos momentos, las cojeras o las apreturas del presente, pero que le añade (a ese vino) las burbujas, la espuma, la copa de lujo para que se convierta en un champagne y un acontecimiento; también en una evasión, sublimación en cine del mendrugo de pan y la cojera, de las tristezas y la mugre.

Bebiendo de De Sica y Rossellini, pero escapando a sus sombras, sus cenizas y objetividad humanista. Influyendo a Pasolini, el de Accatone y Mamma Roma (quizá también el de Pajaricos, pajarracos). Bebiendo de (e influyendo a) Bergman, pero desnudándose de ropas rituales y conceptos teológicos y disfrazándose como un payaso que también llora, que sigue riendo, un payaso sentimental, contemporizador, cínico. Influyendo a (¿bebiendo de?) Billy Wilder (el de Con faldas y a lo loco, desde luego), pero escapando de la sátira social y oteando mejor las rendijas artísticas e ilusionantes que la vida pone sobre la mesa, mientras el arte es un momento superior de recreo y de gozo que acaso no provoque modificaciones en la realidad que sí imita. Y gustando a Woody Allen (no al de Septiembre, Otra mujer, etc.), quien, desde una postura norteamericana, judía, más pesimista y de chiste furibundo, seguiría la senda del “clown” incrédulo y esnob que prefería un rato de amor con una mujer atractiva antes que un discurso ideológico: por ser discurso, que nada explica ni entiende, ni se acerca a la “vita”.

(Y llegamos a España, donde teníamos y aún contamos con nuestros propios “vitelloni”, hoy más bien reconvertidos en funcionarios que, desde sus ventanillas, ven pasar a la gente, o en ejecutivos que, pese a su “stress” y su “political correctness”, también le hacen un corte de mangas al currante de turno, hoy día inmigrante casi siempre, con la certeza de que su automóvil no se estropeará nunca, pues para eso está el dinero; y recordemos, es nuestra tradición, películas españolas como Calle mayor o Cielo negro, ésta anterior a I vitelloni).

I vitelloni es a Fellini lo que Rashomon a Kurosawa, lo que Al final de la escapada (o Bande à part o quizá Alphaville) a Godard, lo que El beso del asesino a Kubrick, lo que Malas calles a Scorsese. Formidables y jóvenes explosiones de talento indómito, intelectual y visceral. Un cine que se suelta el pelo, se deja llevar, basado en un guión que las imágenes actualizan (es decir, potencian) de manera deslenguada, apasionada y apoteósica, suponiendo el triunfo total, sin paliativos ni reservas, de un cine superior, emocionante, desafiante, útil para que los inútiles del momento (entre los que me encuentro) levantemos la cabeza, paseemos desnudos por la playa de nuestros amores y robemos la estatua de ese ángel inútil pero inmensamente bello. El amargo sabor de la belleza robada/ rodada.