COEN Joel (1954-_) / COEN Ethan (1957-_)

The Big Lebowski (El gran Lebowski) (1998: 6.0)

Revisitando más de un decenio más tarde El gran Lebowski, se me antoja un brillante artilugio sin enorme sensibilidad ni gran sentido: en el sinsentido dramático y narrativo, precisamente, junto con una solemne e impostada moraleja (impostura es un concepto clave en filmes como Arizona Baby, Burn After Reading, etc.), descansa este fulgurante arte cinematográfico de los hermanos Coen. Un arte-espectáculo en el que predomina el estilo sobre la sustancia (por retomar la tradicional distinción). Un espectáculo fílmico de sátira hiperbólica y maniquea en torno a la verdad, el arte, las ideologías (el progre es hippie e indiferente; el conservador es un violento veterano del Vietnam, etc.), las amistades y el amor. Un atractivo espectáculo cinematográfico que parte de la parodia gruesa en torno al cine de policías y ladrones, el de falsos culpables (un Hitchcock posmoderno), el de perscuciones, conspiraciones y rescates; allí donde Tarantino o La naranja mecánica conviven con la (no siempre acertada) ironía socarrona y psicodélica de los Coen.

Casi superados por su indudable ingenio para la construcción icónica, el pastiche, la mezcla de géneros y tonos y el diseño “cool”, los Coen se lo pasan en grande con El gran Lebowski pero, a mi modo de ver, aportan escasos elementos sólidos en esta película tan equívoca como risueña, descreída y con toques “gore” (ay, los años 90 y sus nihilistas tarantinizaciones). Una película que, por otro lado, cuenta con millones de fans en el mundo entero (incluyendo a mi querida hermana pequeña): como Pulp Fiction o Los idiotas, como Amélie o Moulin Rouge, como Uno de los nuestros o El odio. ¿Qué tendrían en común estas películas (incluso la potentísima Goodfellas de Scorsese)? Se trata de un cine que, hasta cierto punto, vive pagado de sí mismo, talentosamente inflado en su propia falta de sinceridad, más pendiente de las superficies y los impactos que de las profundidades, el drama o la indagación humana. Filmes, insisto, inflados (en distintas medidas): estéticos, frágiles y originales globos que vuelan alto.

¿No sería ya hora de pinchar algunos de estos prestigiosos globos de los años 90? ¿No estaríamos ya en disposición de, al menos, deshinchar un poquito su envanecido ego?