ROSI Francesco (1922-_)

Salvatore Giuliano (Salvatore Giuliano) (1962: 5.0)

Salvatore Giuliano resulta, vista ahora, menos interesante que polvorienta. Moderna como lo es un ábaco o un arado.

Puede enmarcarse en el cine político italiano que, en los años sesenta y setenta, y con desigual suerte, rescribió ciertas historias “ejemplarizantes”, antiguas o contemporáneas (y así la Historia); desde una óptica izquierdista (a veces, abiertamente comunista), por supuesto.

La película de Francesco Rosi gira en torno a una figura al parecer mítica y revolucionaria, en la línea del bandolero o maqui español o del Robin Hood inglés. Alguien que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Pero cuando su causa (causas: cajas de Pandora de donde surge la barbarie siempre), la independencia de Sicilia, es finalmente un éxito (consigue la autonomía; en la película se aclara que la lucha armada contribuyó decisivamente a este fin), Giuliano, en una estirpe intermedia entre un Curro Jiménez y el terrorismo nacionalista, decide de todas formas continuar con sus tareas delictivas, escondido en los montes.

Se confirma que, una vez que uno se ha echado al monte, la marcha atrás no es cosa fácil.

Figura mítica, decimos: vislumbramos a Giuliano unos segundos apenas, ya muerto. Las leyendas se escriben así: con velos y misterios y aureola revolucionaria; estos tipos representados como seres de lejanías (¿Heidegger o Umbral?), inaccesibles, enigmáticos, y sumamente atractivos e icónicos para la plebe. Y plebe somos casi todos.

Cine político, pues, que bebe en un neorrealismo tardío (la calle y las casas y la humildad y los niños y la ropa tendida) y que combina de manera algo irregular el western, el cine negro y el cine de juicios. El resultado es escasamente memorable, a mi modo de ver, aunque tuvo una gran fama en su momento.

A)                         Llama la atención en esta obra oscura, sin carisma ni intensidad, la cantidad de planos generales más bien toscos (planos que nos impacientan) y la falta de cuidado en el encuadre. Al espectador contemporáneo (escribo en agosto de 2011), habituado a ritmos veloces, subrayados dramáticos y primerísimos planos, le cuesta fijarse en lo que ocurre en la pantalla. En este caso, no es tan mala noticia.

B)                          Llama la atención también la imposible identificación emocional o carismática entre el espectador del siglo XXI y los protagonistas de la obra: ese “protagonismo colectivo” que cierra filas, etc. Ningún personaje destaca ni es demasiado estimulante. El héroe de la historia ni siquiera está presente.

Film, en resumen, sobre la interrelación interesada entre los diversos poderes, como en una novela que he leído recientemente, Todo modo, de L. Sciascia. Poderes: políticos, ejército, revolucionarios, Iglesia católica, mafia. Poderes que luchan por cargarse de razones, por perpetuar sus respectivas primacías y, muy importante, por escribir su historia y la Historia a través de la violencia justificada.

La historia vista como Historia de la Violencia y, la violencia, como Violencia de la Historia. Ilustrada en rancio celuloide.