SAMPIERI Luis (1971-_)

Fin (Fin) (2010: 5.0)

¿Estamos ante un Antonioni con acné?

En esta película apenas ocurre nada. Tres chicos están sentados o de pie, meditando o andando de un lado para otro. Hay, en cambio, algunos planos peculiares: de abejas y ovejas, de hormigas, árboles o nubes. El conjunto es impresionista. Y el final, frío y atroz, nos deja con el corazón encogido y la cabeza confundida. ¿No habrá querido el director Luis Sampieri simplemente epatarnos con este audiovisual ritualizado en torno a la angustia juvenil y existencial? ¿O es que la única salida actual frente al “no future” es un estético, ensimismado y rendido pesimismo?

En un artículo sobre las nuevas generaciones en XL Semanal (“Juventud aplastada”, agosto de 2011), Juan Manuel de Prada escribe: “El joven ve la meta antes que los obstáculos; y su ardor y coraje lo empujan a sobrevolar los obstáculos, o a dinamitarlos”.

No sabemos cuáles fueron los obstáculos que llevaron a los tres adolescentes que protagonizan Fin a tomar la decisión que toman. No parecen especialmente ardorosos o corajudos sino, más bien, resignados a su suerte. Como si lo que han elegido hacer (que es terrible) no tuviese marcha atrás.

Apáticos, mustios, sin iniciativa. Son adolescentes lánguidos o incluso pánfilos (término que utilizó con agudeza mi madre, profesora de Secundaria durante 36 años, que vio la segunda parte de la película con mi hermana y conmigo). Apenas hablan: Fin podría ser una obra muda. Son muchachos que carecen de cualquier entusiasmo o humor. No se comunican. Vagan por un monte de las afueras de una ciudad. Hasta que, al final de la película, llevan a cabo lo que habían acordado. Quizás por una inercia terrorífica tras una decisión que, a través de Internet, ha tomado cuerpo por razones que desconocemos.

El dolor, como dice la narradora de la estupenda novela El amor del Rey (Begoña Aranguren), “une las almas y los cuerpos”. ¿Cuál es el dolor de estos chicos? Nada sabemos pero sospechamos que algún tipo de dolor ha de estar detrás de todo esto y que, en todo caso, de trata de un dolor vital que ha unido sus almas y cuerpos en un destino ¿trágico?

La falta de datos que caracteriza a la película va diseñando un extraño suspense: un suspense construido por defecto, ya que no sabemos (o sólo vamos intuyendo) lo que va a ocurrir al final. Que no es ninguna maldición sagrada, por cierto, sino la consecuencia de una opción personal y, seguramente, irresponsable de tres jóvenes tristones. Quizá la clave nos la ofrezca el propio de Prada en su artículo: “…el estado de desesperación que origina el aplastamiento y embrutecimiento de la juventud es tierra abonada para los estallidos violentos”.

Esta película del director argentino Sampieri se enmarca dentro del cine (más o menos) independiente catalán del siglo XXI: con una tendencia acusada hacia el retorno a la naturaleza, para bien o para mal (se ve en Recha, A. Serra, C. Gay, Villaronga, Farnarier, etc.). Sampieri, es obvio, conoce y admira al Van Sant de Last Days, al Haneke de El vídeo de Benny y El séptimo continente, a los hermanos Dardenne o incluso a Kiarostami (por algunos elementos: los silencios, los planos desde el coche…).

El problema, dentro de la curiosidad indudable que reviste la cinta, es que hay escasa sustancia. La imprecisión dramática no es sinónimo de hondura. La ausencia de aclaraciones sobre los motivos que llevan a estos chicos a actuar como actúan no es necesariamente un cheque en blanco. El radical y puro esquematismo “indie” no es siempre suficiente. El problema es, vaya, que una propuesta atractiva como Fin puede incluso aburrirnos… mortalmente.

FIN. Sampieri, antes de Fin, dirigió spots y trabajó para la MTV, una cadena audiovisual especializada, justamente, en el aplastamiento y embrutecimiento juveniles. ¿No será Fin una ceremonia de expiación derivada de la mala conciencia?