FELLINI Federico (1920-1993)

Lo sceicco bianco (El jeque blanco) (1951: 8.5)

Qué bello y bravo el joven Fellini, qué grande el gran Alberto Sordi, estupendísimos Brunella Bovo y Leopoldo Trieste en esta fábula bufonesca y triste, alegre y ¡felliniana!, en la que los sueños, sueños son, ¡pero quién viviría sin ellos!

El jeque blanco es el polanskiano Frenético “à la” Fellini, casi la pre-cuela de la de Harrison Ford, parodiada muchos lustros antes, la historia del frenético y triste Trieste que desesperadamente busca a su inocente y boba esposa Bovo, cegada por un ídolo de barro, el Sordi de la ficción fotográfica que engatusa en su papel de seductor y jeque blanco a puras doncellas sedientas de aventura, que se desviven por la vida que no existe más que en la imaginación, en la ficción, el arte, ¡y si es barato, como una fotonovela, tanto más creíble, cuanto más barato, mejor!

Un frenético Trieste amenazado por un Fellini que le expone a momentos kafkianos en una hermosa Roma blanca y negra que desafía y tritura a esa otra Roma infame y satinada de Vacaciones en Roma; un Fellini mucho más cerca del Buñuel mexicano (Subida al cielo parece remitirse a ella) que del propio Fellini de años después (incluso el de la presuntuosa Ocho y medio, que recupera elementos de El jeque blanco). Frente a las ínfulas de thriller y tensión conspirativa del Polanski de Frantic, frente al artificioso charol y la hedionda dulcificación del Wyler de Roman Holiday, Fellini se agarra a la cruel sátira romántica, a los teatrales, ¡pero tan presentes!, sueños: contemporáneo del Bergman que se aferra a la vida y al verano, del Bergman que, como Fellini, rompe los sueños idealizados de una jovencita en Sueños: otro mito varonil por los suelos. Se inspira también, Federico Fellini, en la fascinación que le produce el mundo de la farándula, pero no se resiste a mostrar la farándula congénita, pedestre y decepcionante que disimula el ser fascinador; siempre se huele, en Fellini, siempre se paladea, se oye, se ve y se toca la pasión, el regocijo, la extrovertida e innegociable ilusión por vivir del joven Fellini, que nos enseña, nos pone sobre la mesa un delicioso, popular, mágico, bello y lúcido plato de Pan y Circo. Pan y Circo del bueno. Pan y Circo del Mejor.

 

Relucían como joyas, si uno los contemplaba desde lejos, y la verdad es que, en la distancia, llegaron a deslumbrarme. Luego, cuando me acerqué a ellos, descubrí que su brillo era el de los cristales rotos.

 

(Rafael Chirbes, su estremecedor inicio “fitgeraldiano” de En la lucha final)