FELLINI Federico (1920-1993)

La Strada (La Strada) (1954: 10.0)

La Strada entra en mi Olimpo. Reviso mis notas de los últimos años. Estas son las películas a las que he otorgado un 10 sobre 10, en mi particular canon cinéfilo: Al final de la escapada, Alphaville, Masculino, femenino y Weekend; Qué verde era mi valle, Pasión de los fuertes y El hombre que mató a Liberty Valance; Rashomon y Los siete samuráis; Río Rojo y El Dorado; Campanadas a medianoche y Sed de mal; El séptimo sello y El manantial de la doncella; Siguiendo mi camino ; El apartamento y La vida privada de Sherlock Holmes; Jules y Jim; El intendente Sansho; Alemania, año cero; Matar a un ruiseñor; El río; Cantando bajo la lluvia; Laura; En un lugar solitario; América, América; París, Texas; Fargo; Mystic River; Los espigadores y la espigadora.

La Strada es una de las escasas películas con aura, con estrella: lo siento pero en este punto no llego a razonar ni a explicarme bien; es una obra de arte que me integra, venciéndome desde el primer segundo, y a partir de ahí ya sólo “siento”. Seguramente imperfecta o ingenua, posiblemente sin maquiavélico gancho ni aguante práctico, probablemente vetusta, caduca y hasta sin garra... A lo mejor. Pero La Strada me ha emocionado no menos, incluso más, que Qué verde era mi valle, Being There, Pat Garret y Billy the Kid, La vida es bella, ¡Qué bello es vivir!, El intendente Sansho, Siguiente mi camino... Son pocas las que han conseguido hacerlo, las que logran hacerme sentir en otro mundo y, al mismo tiempo, tocarme la fibra sensible (que yo creo que está muy adentro) o, mejor dicho, arrancarme el corazón dulce y brutalmente y demostrarme así (y no viene mal) que tengo uno como los demás, que late y se acelera, que vive entre otras vidas.

Cómo he podido vivir, hasta junio de 2008, sin haber visto La Strada. No es una exageración: Fellini, más que nunca, y desde hoy, es un dios casi imbatible, con La Strada a la cabeza. La vida, ahora, me gustaría (siempre) pensar, es ya o será otra gracias sobre a todo a Giulietta Masina, que compone uno de los papeles más asombrosos, enigmáticos y hondos de la historia del cine, en una película mágica e inmortal, generosa y, en fin, para toda la vida, mi vida. Porque yo, que no sé amar, yo querría escuchar también estas palabras: “Si yo no me quedo contigo, ¿quién lo hará?”