ULMER Edgar G. (1904-1972)

The Strange Woman (La extraña mujer) (1946: 8.0)

La guapísima Hedy Lamarr es la estrella absoluta, y mujer fatal, de La extraña mujer, rara pero muy atractiva película del raro y muy atractivo director austríaco Edgar Ulmer. Un hombre en las afueras de Hollywood.

Lamarr es Jenny, mujer perversa de esas que se ganan mala fama, de esas que juegan con los hombres, “femme fatale” sensual y caprichosa. Mujer que, no obstante, será rehabilitada y luego vista por la sociedad de Bangor (Maine, Estados Unidos, siglo XIX) como generosa benefactora. Como su anciano marido tiene dinero, ella lo dona, lo regala, se lo da a los necesitados. Por su propio interés, por supuesto; pero lo hecho, hecho está.

Bangor aparece como una localidad dominada por el alcohol (el ron) y la violencia. Me ha recordado al Brighton inglés que los hermanos Boulting pintarían en Brighton Rock sólo un año después (1947). Las persecuciones, borracheras y palizas se suceden en Bangor (no hay siquiera policías) fuera de las ventanas donde vive Lamarr, más preocupada por sus hombres (Gene Lockhart, Louis Hayward y George Sanders) que por el mantenimiento de la paz y el orden.

Película sombría, siniestra, gótica, melodramática, trágica, con ecos de romanticismo inglés (Cumbres borrascosas, Jane Eyre, etc., incluso Dickens), en La extraña mujer está lloviendo casi todo el tiempo. Como en la posmoderna Seven: también en la de Ulmer se desataban los siete pecados capitales. Tormentas de viento huracanado y lluvia torrencial, tempestades de gamberrismo ciudadano, descontrol social (tierra sin ley) y descontrol pasional (corazones sin ley): el ambicioso y precioso personaje de Lamarr enamora o ciega a los hombres que se le aproximan. ¿Por qué lo llamaban amor cuando querían decir eso...?

El fascinante pero desigual Ulmer es muy capaz de dejarnos momentos extraordinarios: como cuando los protagonistas son aún niños y ella lo empuja a él al río y luego incluso le pisa la cabeza con el pie para que se ahogue. Un momento que haría las delicias del Haneke de La cinta blanca más de sesenta años después. Otro momento insólito: cuando una seductora Jenny apaga con sus dedos las velas y luego las lámparas de la casa. O la manera esquématica como Ulmer nos enseña el ahorcamiento de Ephraim (Hayward). O ese reverendo que pide dinero en el servicio religioso. O el rostro de Jenny cuando acelera su carruaje de manera definitiva. O esa otra escena en la que un predicador ultra-puritano acusa a las mujeres de ser las causantes del vicio en el mundo… Y mira a Lamarr de manera explícita.

El mundo de Ulmer es torturado en la mente, obsesivo con los amores y cruel en el mundo social. Acaso sea un cine tan brillante como misógino.