FERNÁN GÓMEZ Fernando (1921-2007)

Sólo para hombres (Sólo para hombres) (1960: 9.0)

Cuando el padre de la chica protagonista de Sólo para hombres ve que a su hija no le interesa pasearse por Recoletos ni asomarse al balcón y, en cambio, se queda estudiando en su dormitorio un libro de aritmética, le recrimina su actitud con esta joya: “¿Es que te has vuelto modernista?”

Fernando Fernán Gómez adapta la comedia de Miguel Mihura Sublime decisión, y lo hace con tal deliciosa ligereza, tal ritmo embriagador, que los ochenta minutos se pasan en un cuarto de hora, y este espectador no ha podido desdibujar una amplia sonrisa en los labios. Una película así ayuda a relajarse, divierte y enseña lecciones de infinita y humana humildad.

Mientras, nuestra protagonista, una espléndida Analía Gadé, farfulla: “Estoy harta de pretendientes que nunca pretenden nada”. Encontrar un marido en aquella España de finales del siglo XIX, ay, simpática llamada de atención de Fernán Gómez en la España de 1960.

Sólo para hombres se construye sobre la farsa (la exageración de ritos y costumbres sociales) y la ironía, el hablar para comunicar lo contrario de lo que se dice. Fueron años destacados, en España, para la comedia satírica, seudo-romántica y semi-loca, un cine de gags entre absurdos y costumbristas. Desde Esa pareja feliz (1953, Berlanga & Bardem), pasando por La ironía del dinero (1955, Neville), Faustina (1957, Sáenz de Heredia), Bombas para la paz (1959, Román), Los tramposos (1959, Lazaga), hasta Sólo para hombres (1960, Fernán Gómez), incluso en un sector más coral y sociológico El cochecito (1959, Ferreri) o Plácido (1961, Berlanga). En todas se respira un aroma burlón, un descreimiento vital, ciertos punteos críticos y, en especial, una leve forma de narrar historias, lejos de frívolas naderías y pedanterías sin vuelo. Y se percibe una evidente pereza laboral; volvamos a Sólo para hombres, cuando señala el protagonista ya enamorado, Fernán Gómez: “Por usted, por estar cerca de usted, por verla, oírla, ¡soy capaz hasta de trabajar!”.

Esta alegre comedia, que satiriza comportamientos solemnes y perezosos y en la que se debate cantando me recuerda a ratos, por un lado, a películas muy posteriores del portugués Oliveira (Mi caso, Los caníbales), en las que el teatro, la farsa y la hipérbole se dan la mano (pero de manera más grave y, vaya, teatral), y también nos retrotrae a la tradición española humorística, aquella del lenguaje entre aristócrata y burocrático que tan bien ha explotado Forges en sus viñetas en los últimos cuarenta años. No puedo evitar, además, pensar que, siendo de 1960, año clave en la Nueva Olafrancesa, le veo hechuras de levedad dramática, composición juguetona y acelerado ritmo dignas del primer Truffaut, el primer Godard (algo que ya detecté, por cierto, unos años antes en la hilarante Bombas para la paz, de A. Román).

Obra española, por otro lado, graciosamente feminista, mucho más avanzada, por cierto, que el cine de un decenio y pico después, en la llamada “tercera vía”. Obra española sobre la España de 1895, de liberales y conservadores y los veloces cambios de gobierno, la España de la miseria, la apariencia y los “enchufes”. ¿Habremos cambiado tanto?

Lo que más me gusta. La coqueta, agudísima Analía Gadé: todo lo que dice es sustancioso. Estamos ante la obra de una inteligencia superior, la de don Fernando Fernán Gómez, pérdida irreparable en la cultura española. Esta película me ha hecho reír, sonreír, disfrutar. Cine de escaso peso pero íntima esencialidad, quiere agradar y lo consigue, es ácido y dulce, es alegre pero austero, es importante sin darse importancia. Sutil, de principio a fin, como la explicación final del embarazo de Gadé, supongo que puro Mihura.

A todo esto, leo en la revista XL Semanal (diciembre de 2008) que el pintor español Antonio López (entrevista de A. Domínguez Siemens) exclama: “Yo no pienso en Duchamp nunca, la verdad. Me las arreglo sin él”. No nos volvamos modernistas. Recordemos sentencias, tan paródicas como reales, en verdad eternas de Sólo para hombres. Como cuando un personaje dice: “A los duelos se viene sin bufanda”. O cuando la Gadé apunta: “Cuando se sabe guiñar un ojo, lo demás es fácil”. Nieves perpetuas.