ALLEN Woody (1935-_)

Manhattan (Manhattan) (1979: 9.0)

Each new thing he encountered in life impelled him in a direction that fully convinced him of its rightness, but then the next new thing loomed up and impelled him in the opposite direction, which also felt right.

(ese “he” es Walter Berglund, protagonista de Freedom, J. Franzen)

 

Tan estilizada como sentida, tan cerebral como divertida, Manhattan es el homenaje de Woody Allen a Nueva York, a Manhattan y a la gente alleniana que, entre cóctel, exposición y discusión cultural, se dedica a sufrir por desamor. Y a entusiasmarse, sin disimulos, con los nuevos amores posibles.

Cumpliendo así con las recomendaciones de la neurociencia que, según el sabio español Eduardo Punset, le aconseja al des-enamorado que se vuelva a “enamorar cuanto antes, mejor” (en XL Semanal, “¿Qué hacer para superar el desamor?”, noviembre de 2011).

Para muchos, Manhattan sería la mayor obra maestra de Allen. No sé. A mí me parece extraordinaria (tan leve y lúcida como una docena de ellas), pero no más extraordinaria que varias otras. Y aquí incluyo algunas de las más recientes, consideradas menores (o incluso fallidas), pero por las que yo tengo gran debilidad: obras para mí excelentes, emotivas y graciosísimas como Scoop, Todo lo demás, La maldición del escorpión de Jade, Midnight in Paris o Si la cosa funciona (cabe deducir, a partir de esta lista, que no estoy entre los que piensan que Allen lleva un decenio, o dos, de decadencia artística…).

El blanco y negro, la fotografía deslumbrante de Gordon Willis, la elegancia, la armonía, el suave romanticismo, la estupenda verborrea. Y un Allen acaso no tan narcisista como en otras obras. Eso que le reprocha la adolescente interpretada por Mariel Hemingway en el patético final de la película: a veces, hay que tener fe en las personas.

Lo mejor de Manhattan, para quien esto escribe, serían las escenas rápidas, casi “sketches”, que contienen burbujeantes líneas de diálogo tan repletas de verdad como de relativismo y sana provocación: sobre las relaciones humanas o en torno al mundo del arte o a “lo mal que está el mundo” no artístico. Graciosa y grandiosa es la conversación de Allen, en un grupillo de artistas o intelectuales, cuando, frente a la defensa de la sátira como arma política, el personaje de Allen reivindica de manera hilarante la acción directa. Inesperado tributo al bate de béisbol. Contra los nazis, nada menos.

Pero volvamos a los amores y desamores (con sus sombras, éxtasis y niebla), retornemos a los maridos, el engaño y las mujeres, al amor, el sexo y  la muerte. Copio aquí debajo un diálogo alleniano que encuentro en la estupenda novela Freedom, entre el protagonista Walter (casado) y su bella y joven colaboradora, Lalitha:

 

“I do love you!”, he said. “I mean –in a sense. A very definite sense. I definitely do. A lot. A whole lot, actually. OK? […]

“Yes, I know.” She lowered her eyes. “And you’re married.”

“Yes, exactly! Exactly. And so there we are.”

“There we are, yes.”

 

Eso es, sí. Y por aquí seguimos muchísimos, admirando a Allen, sinónimo de civilización, inteligencia, diálogo, ingenio, anti-violencia y amante del roce y el choque entre sentimientos y pensamientos. Woody forever.