VON TRIER Lars (1956-_)

Melancholia (Melancolía) (2011: 4.0)

Lars Von Trier sigue (¡casi ya es 2012!) haciendo de las suyas. Y le continúan riendo las gracias y dando premios, como si él necesitase galardones terrenales para autodenominarse mejor director de la historia del cine. O eso es lo que piensan él y sus fans más acérrimos, que no son pocos. Ni pocas.

Para Melancolía, título de poca monta apenas a su altura, a Von Trier se le ocurre el tema del fin del mundo. No podía caer más alto. Las cosas del día a día son una vulgaridad, pero el Juicio Final mola más. Aunque, eso sí, el Gran Danés no iba a realizar un soez Armegeddon Parte II pues, aunque tenga con Michael Bay más puntos de contacto de los que él se imagina (la grandilocuencia, por ejemplo), su condición petulante y espírutu rompedor no se iban a conformar con una cinta de heroísmo, ciencia ficción, emoción y aventuras. No señor: qué vulgaridades.

Lo que le pone a Von Trier es una curiosa mezcla (que muchos consideran genial) entre una paradójica informalidad en las formas (cámara que se mueve, cortes en el montaje) con un tema desorbitado (ayer fue el Anticristo y hoy es el Fin del Mundo…). Combinando, hay que admitirlo, imágenes sueltas de gran belleza (Kirsten Dunst y Charlotte Gainsbourg a caballo vistas desde el aire; el planeta apareciéndose al fondo de manera hermosa y amenazante) con diálogos vacuos y bastantes escenas de escaso mérito (la trama dramática no da para mucho).

La primera parte del film es la versión (supuestamente) perversa de Von Trier de una celebración familiar en la que todo el mundo debería estar alegre (es una boda) pero no es así… Oh, qué cruel y subversivo es el Gran Danés, que nos enseña a una novia depresiva, a una madre de mal humor, a un jefe despiadado, etcétera… En fin, Von Trier coloca en cada esquina al Lobo Feroz. Imaginemos, pues, una especie de Dublineses o Fanny y Alexander “à la” Von Trier: esto es, para lectores de Crepúsculo descubriendo el Mediterráneo.

En la segunda mitad de la cinta, el planeta Melancolía se va acercando; pero luego parece que se aleja, ¡falsa alarma!; al final, por supuesto, el planeta sí se aproxima a la Tierra de manera definitiva (qué truco fascinante, el del telescopio...). Apaga y vámonos. Mientras tanto, nuestros protagonistas se quedan solos y nos aburren con paseos y conversaciones de maledicencia y patetismo infantiles. Distinguimos elementos de la iconografía gótica (lo más bonito del film, junto con una música con ecos de Vértigo) y detectamos peculiares paralelismos con Drácula (Dunst y Gainsbourg, como Lucy y Mina, saliendo de la mansión a la espera de un vampiro que acabe con ellas… y las devuelva a la vida). Referencias y autorreferencias (a Los idiotas, por ejemplo) no le faltan a Melancolía.

Von Trier es todo lo contrario a la humildad, la generosidad, la crítica seria o la modestia; el gozo, la inteligencia, la complejidad o el conflicto humanos le son indiferentes. Al Gran Danés le interesa hacer como que va a contracorriente de todo y de todos, para así exhibirse con ideas descabelladas; ideas dignas (¡un respeto!) de los chicos más originales de 2º de Bachillerato. Von Trier, claro está, ya no tiene 18 años pero su legión de fans, espectadores y críticos, continúa flipando en colores con sus desopilantes películas.

En todo caso, señalaré con sinceridad que quizá mi falta de entusiasmo (incluso sarcástica irritación) ante Melancolía o Anticristo se deba a una falta de sensibilidad: acaso yo no sepa apreciar el indudable arte de Lars Von Trier. Acaso me puedan los prejuicios (que los tengo, desde luego).

Mi vaticinio es éste: el futuro del Gran Danés no será nada melancólico sino triunfal, pero él pretenderá estar triste, molesto, incomprendido, desesperado o lo que sea y, con tal justificación, expondrá una vez más sus imposturas en su nueva película. Para seguir impactándonos como Von manda. ¿Y para cuándo la porno, Lars?