SCORSESE Martin (1942-_)

Taxi Driver (Taxi Driver) (1976: 9.5)

Taxi Driver es la historia de cómo un hombre desequilibrado y peligroso termina tranquilizándose tras un desahogo de disparos, estética y redención. Espantando fantasmas del pasado, aclarándose el futuro. Una película incómoda, difícil; por momentos deprimente y, todo el rato, fascinante.

Travis es ese hombre que se siente alienado de su sociedad, asqueado por la basura (“scum”) que inunda las calles y herido en su amor propio por el rechazo de la guapísima Betsy (Cybill Sheperd). Travis no sabe qué hacer con su tiempo libre cuando no está en el interior de su destartalado taxi neoyorquino. Aburrirse puede ser letal.

Taxi Driver es la historia de un hombre (auténtico, nada frívolo) que recupera su orgullo y que (parece que) alcanza un equilibrio emocional que incluso le permite despreciar, al final de la película, a su amada: que ha vuelto a su entorno por aquello de la teoría del sol que más alumbra.

Scorsese en campanudo dominio de un estilo agresivo y refulgente con influencia de la excelsa imagen-movimiento de Godard (y la libertad creativa general de la Nouvelle Vague), el underground intelectual y dolido de un Cassavetes (The Killing of a Chinese Bookie es de ese año) y hasta la sequedad violenta de un Don Siegel con su Dirty Harry. Como vemos, un mosaico de colores, texturas, iconografías y motivos que Scorsese hace suyo de manera imponente y magistral en ésta, su obra máxima.

Realismo sucio e intempestivo (y distorsionado por un febril Scorsese); cruda y chunga realidad, jungla para el individuo herido, para el que no triunfa o no sabe estar en el mundo. Neones, carteles, callejones, cines porno, drogas, prejuicios, sordidez, prostitutas, chulos (Keitel), mierda por todas partes, malas calles, una sociedad que cambia. Scorsese, gracias a un pérfido guión de Schrader, una colosal interpretación de De Niro (nunca ha estado mejor) y gracias a su propio y asombroso control de los tiempos (planos, escenas, elipsis) y los espacios (jugando con los encuadres y la edición), encuentra su camino en la jungla humana y cinematográfica que lo rodea y se hace un prodigioso hueco; y captura una moral última y plena que le da sentido a todo. 

Una moral para Bickle: salvar a la prostituta de 12 años que interpreta con desparpajo Jodie Foster. Ese compromiso con lo inmediato, lo que vemos y tocamos, sin idealismos ni palabrería. La ayuda verdadera poniendo en riesgo la propia y magullada vida; eso salva a Travis Bickle de sí mismo: de la locura, la paranoia, el fascismo y el crimen, que se olían a distancia.

Un hombre que recupera su orgullo, logra hacer algo de mérito y consigue respetarse a sí mismo, atrapando la cordura psicológica y moral a los mandos de su destartalado taxi neoyorquino.