WELLES Orson (1915-1985)

The Stranger (El extraño) (1946: 8.0)

¿Puede una película antigua con un guión más bien endeble y, por momentos, incluso risible, interesar al espectador contemporáneo?

¿Debería una obra cuyos actores protagonistas (Welles, Loretta Young) se muestran enfáticos y sobreactuados fascinar al público del siglo XXI?

La respuesta es obvia: depende.

Aunque si la dirige Orson Welles, el veredicto debería resultarnos más fácil.

Pero todo esto depende, claro, de ese espectador contemporáneo: un espectador, por un lado, tan manso ante las múltiples pantallas que nos rodean y modelan como, por otro, tan aficionado a evaluar una película primordialmente según los patrones del Rey Guión (la historia y sus curvas) y los Dioses Personajes (creíbles o no).

Welles, en la senda de la indiscutible El tercer hombre (pero con menor brillantez), enhebra una estupenda película repleta de virtuosismo visual a partir del trabajo de cámara (encuadre y movimiento), la iluminación y el montaje. Un festín cinematográfico.

Welles se suma a las preocupaciones de mucho cine americano de los años cuarenta: conspiraciones, sospechas, enrarecimiento social; parábolas totalitarias, nazis escondidos, cazas de brujas. Esos señores Hyde que parecen Jekyll. Pensemos en Fritz Lang (primero Furia, luego Cloak and Dagger, Ministry of Fear…), el Preminger de Whirlpool o Laura, el Hitchcock de La sombra de un duda o Recuerda

El extraño, a nuestros ojos (quién sabe si a nuestros hijos), es un film extraño y con aristas. Lo más atractivo es la fusión entre estética (exuberante, expresionista) y narración (rapidísima). Pero la película contiene enigma incluso cuando ambos elementos no se fusionan.

Un cine potente, irregular, a ratos asombroso, impuro siempre.

Y con un gran Edward G. Robinson, aunque su personaje pierda jugando a las damas. Gana en lo demás.