FERRERI Marco (1928-1997)

El cochecito (El cochecito) (1959: 8.0)

Este cine del joven Ferreri es más valioso, gracioso, negro y sensible que el posterior. Este cine español es representativo de una época, unos intereses y unas frustraciones, aunque quizá sea menos “auténtico”, más lejos de las aspiraciones profundas de Ferreri (de igual forma, acaso el Berlanga más verdadero se encuentre, por mucho que nos pese, en Tamaño natural y París, Tombuctú, y no en Calabuch, Plácido o Bienvenido Mr. Marshall).

“Soy un desgraciado”. Son palabras de Pepe Isbert, uno de los grandes de nuestro cine. Frase ultra-española, como decir “es un pobre hombre”: alguien a quien no le salen las cosas bien, alguien que no se siente satisfecho con la vida, que busca salidas frente a la rutina, lo gris y la miseria gracias a un cochecito de minusválido, con el que sale a dar una vuelta al extrarradio con sus amigos (ecos de El jarama).

“Si ya lo decía yo...”. Otra frase moral de la película: las cosas salen mal. Piensa mal y acertarás. Dime con quien andas... Refranes españoles que ayudan a moldear a personas y momentos históricos, costumbrismos y tristezas. Recordar que la desgracia ya se había predicho, era algo que se esperaba: instinto agorero, pesimista, echado para atrás, mala sombra.

“Todo se arreglará”. Parece un rayo de optimismo pero no lo es, es un conformismo en que las leyes (sociales) de la naturaleza nos traerán un mañana menos malo. El hombre (sobre todo, el español) condenado a unos determinismos de clase y sociedad (y franquistas), que espera humildes milagros, golpes de suerte, millones en la basura. Nadie está tranquilo.

“Sin cuartos, no hay quien descanse”. Verdad absoluta, intachable, el dinero es el jefe. Ande yo caliente, ríase la gente. Salud, Dinero y Amor. En ese orden. Las tres patas del banco sobre el que se asienta El cochecito, muestra de cine español heredero de la picaresca y del neorrealismo italiano, casi en paralelo con el teatro del absurdo y los subgéneros negros que se exacerban en las desgracias ajenas. Y, en efecto, nadie descansa, ni el rico ni el pobre (como en el cine de Berlanga) ni Azcona, dispuesto a disparar, sutil y dulcemente, sobre todo lo que se movía, que no era mucho.

Se echan de menos los tacos, los improperios: se reprimen Ferreri, Azcona y sus personajes, presas de la censura externa y la autocensura (y sus buenas maneras), eran gentes no desahogadas, faltas de cariño. Así lo expresó Francisco Umbral:

 

Lo que hay que blasfemar aquí es contra el tópico, el tabú, el mito y el rito, la grúa ideológica y el cepo franquista, porque la blasfemia cívica es buena, como lo es el taco, desahoga al personal y tranquiliza el idioma. Es lo que hacemos en nuestra función: blasfemar correctamente contra los que no nos dejan blasfemar. Blasfemar un poco al levantarse es tan bueno como hacer gárgaras (Diario de un snob 2).