PASOLINI Pier Paolo (1922-1977)

Il vangelo secondo Mateo (El evangelio según San Mateo) (1964: 8.0)

El Evangelio según Pasolini. Un Cristo idiosincrático pero popular, humano pero poético. Tan cercano a las personas, en el espacio, como lejano a todo y a todos en el tiempo.

La estética y política pasolinianas al servicio de una película que desafía la ortodoxia habitual: asuntos aquí irrelevantes como la profundidad psicológica, la trama fuerte, los meandros argumentales, los diálogos que avanzan la acción, la fotografía bonita, el montaje funcional, etc.

El Cine-Poesía de Pasolini se fundamenta en estampas irregulares, poderosas ráfagas que gravitan, metodológicamente, entre lo hippie y lo dialéctico, entre la más extasiada contemplación y el más arraigado compromiso con los desheredados.

Uno retorna al El evangelio según San Mateo de Pasolini y se acuerda tanto de las coyunturas fílmicas de un Glauber Rocha o las rupturas narrativas del joven Godard, como de derivaciones posteriores (más convencionales), que alcanzarían a los hermanos Taviani (que también beben de Fellini), al Scorsese de La última tentación de Cristo (en un sentido más operístico, roquero y furioso) o (en otro tono) al carácter episódico y dulcemente subversivo de Moretti en Caro diario.

Imágenes frontales, ceremoniosas, irreales: en cierto sentido, “apariciones”. Imágenes en absoluto pendientes del meollo de la acción. Primeros planos de gentes humildes y bellas: la imagen, sí, espejo de sus almas sencillas y explotadas. Que contrastan con largos planos generales y de colectivos, como si no hubiese punto medio (nada de planos americanos, planos/contraplanos, etc.).

Un Jesús predicador y revolucionario, egocéntrico y orgulloso. Un Jesús internacionalista y del Pueblo pero rígido en sus mandatos. Un ser “enigmático, misterioso, voluntariamente hermético” (Balló y Pérez, La semilla inmortal).

Fusión siempre fascinante, cautivadora y chocante de lo popular y lo intelectual en el cine de Pasolini. Un cine para el Pueblo pero sin el Pueblo. Un cine marxista sin la ortodoxia comunista. Un cine religioso sin religión. Un cine materialista que respeta la tradición espiritual de las gentes.

Un cine sobre los oprimidos y el Redentor o Mesías que, no obstante, realiza dos énfasis individualizados (dramáticos y narrativos) muy claros que quisieran llamar la atención sobre la espinosa cuestión (en las izquierdas) de la responsabilidad individual. Me refiero al tratamiento subrayado de las traiciones de Judas y Pedro. El que vende a Jesús y aquel que niega ser su amigo.

La culpa de la esclavitud y la miseria no radican, solamente, en la explotación por parte de los poderosos. También (esto es evidente en Pasolini) en la ruindad de las personas. Una a una.

Lo que a mí más me gusta, en todo caso, es la utilización inesperada y (de nuevo) chocante de la música durante todo el film.

Y ver a Ninetto Davoli corriendo con un niño a hombros. La ilusión del presente ingenuo y alegre. Del futuro no escrito.